105.
JUVENTUD DE PRÍNCIPE
Wilhelm
Meyer-Förster nació en Hannover el 12 de junio de 1862, fue novelista
y un dramaturgo alemán.
Era hijo de un librero y estudió primero
para ser abogado, pero abandonó estos estudios por los de historia del
arte. Más tarde decidió dedicarse a la literatura, aunque todavía
era muy joven. A la edad de 23 años, en 1885, escribió su primera
novela "Die Saxo-Saxonen".
A partir de 1890, a la edad de 28 años,
vivió en París, escribiendo en 1897 la novela "El viaje alrededor
de la tierra". En 1898 escribió las novelas "Gente corriente"
y "Karl Heinrich", y abandonó París, para establecerse
más tarde en Berlín.

Retrato de Wilhelm Meyer-Förster.
Foto
Images Google
En
1901 Wilhelm Meyer-Förster escribió la novela "Tronco de berzal"
(Heidenstamm) y la comedia en 5 actos "Juventud de príncipe"
(Alt-Heidelberg) que era la dramatización de su novela "Karl Heinrich"
y que obtuvo un fabuloso éxito de público y crítica, alcanzando
Meyer-Förster y su obra una extraordinaria popularidad. El título
estaba basado en el poema de Viktor von Scheffel. Alt-Heidelberg ya siempre se
relacionaría, a partir de entonces, con estudiantes y amores románticos.

Retrato de Wilhelm Meyer-Förster.
Foto
123 People
"Juventud
de príncipe" fue estrenada el 22 de noviembre de 1901 en el "Berliner
Theater". La trama trata del joven príncipe, Karl Heinrich, heredero
de un pequeño país (fictício) Sachsen-Karlsburg, de cuyo
rey, Karl VII, era sobrino. Karl Heinrich se traslada a estudiar a la Universidad
de Heidelberg acompañado por su viejo tutor, el doctor Friedrich Jüttner
y allí se libera de los pesados grilletes de la etiqueta cortesana, fraternizando
con otros estudiantes y enamorarándose de la camarera Käthie, la sobrina
del dueño de la posada en la que Jüttner y él se alojan. Karl
Heinrich es completamente feliz, pero después de cuatro meses el rey muere
y debe regresar para ocupar el trono y para contraer matrimonio con la princesa
Ilse, de acuerdo con su nivel social; abandonando muy pesar suyo a Käthie.
En el fondo al príncipe le falta lo fundamental en cualquier ser humano
para desarrollarse como tal: libertad de elegir y de amar. Todo ello no le impedirá
volver, siquiera sea por una sola vez, sabiendo en el fondo que aquello no podrá
ser más que una despedida final, al reunirse con aquel paraíso en
que vivió y con la persona que despertó en él un sentimiento,
ya jamás alcanzado en su vida.

Karl Heinrich y Käthie en "Alt-Heidelberg".
Foto Images Google
"Joventut de príncep" fue traducida
al catalán por Carles Costa y Josep María Jordà.
Karl Heinrich y Käthie en el acto V,
escena 6 de "Alt-Heidelberg".
Foto
Goethe Zeit Portal
El 10
de octubre de 1908 Margarita Xirgu estrenó "Joventut de príncep"
de Wilhelm Meyer-Forster en versión catalana, en el Teatro Principal de
Barcelona. Muy poco después, el 23 de octubre se publicaba dedicado exclusivamente
a esta obra, el número 43 de la revista "De tots colors" editada
por Bartomeu Baxarias, en la que se anunciaba la próxima aparición
de la comedia "Joventut de príncep" en un folletín de
24 páginas.

Margarita Xirgu (Caterina) y
Víctor Codina (príncep Carles Enric).
Foto
Cunill
La revista "De
tots colors" es un documento con fotografías, muy representativo de
la época y que reproduzco a continuación por su gran interés,
con una introducción anónima de risa, un recuerdo sentimental de
Heidelberg, en la que se narra un paseo de noche de un profesor y dos de sus discípulos
antes de un exámen, en el que el profesor recuerda y evoca su estancia
en Heidelberg. Esta introducción está escrita en un estilo cursi
y vacío, llena de faltas de ortografía y sintáxis, pero es
una verdadera "perla" como lectura. En el "Comentario a la primera
representación" inexplicablemente no se menciona que los estudiantes
son interpretados por verdaderos estudiantes de la Universidad de Barcelona.

Revista
"De tots colors". Número 43 del 23 de octubre de 1908
Record
sentimental de Heidelberg
No
sé si era a finales de mayo o de septiembre. La noche era muy dulce y lluviosa;
venteaba calurosamente; el rumor de los árboles era pausado y largo. Hacía
un poco de frío, pero vagaba un aliento de verano o un póstumo bochorno
otoñal. Por esto digo que no sé, si era era a finales de mayo o
de septiembre.
Hacía ya una hora que habían salido de la Universidad.
Los exámenes nocturnos habían acabado casi a media noche y ahora,
abandonados de la turba pegajosa de los alumnos, vagaban inciertamente un joven
profesor y dos discípulos muy amigos, los más alegres y más
desorientados en su ácida asignatura.
Pasadas doce horas, empezarían
de nuevo los exámenes. Aquel joven profesor, alto, un poco extravagante,
perdido ahora en la grandeza de a pie y en la oscuridad nocturna, volvería
a aparecer insolentemente poderoso, indolente, seguro, con la cabeza expresiva
apoyada en la mano y el codo agudo clavándose en la mesa, inmensa y macabra
como una tumba.
Los dos condiscípulos amigos, se miraban a veces, con
gran indecisión. Tenían un gran conocimiento de su ignorancia en
la asignatura. Cuando el profesor los miró, al quedar los tres solos, tuvieron
la seguridad de que los veía por primera vez.
Pasó un rato
en absoluta quietud. El joven profesor ahora andaba deprisa, ahora se paraba delante
de un quiosco, ahora tenía ganas de fumar y encendía un pitillo.
E invariablemente los dos discípulos amigos, avanzaban junto al profesor
cuando él avanzaba; se paraban inmóviles, acolitamente, cuando él
se paraba y aceptaban con profundas muestras de gratitud, los pitillos que el
profesor les ofrecía cuando él quería fumar. A veces, uno
de los dos discípulos encendía una cerilla; pero llegaba una ventolera
rápida que la apagaba acto seguido, y siempre era la pequeña candela
del profesor, la que se mantenía triunfante, con la llama alargada y alta,
que servía para dar fuego a los otros.
Dos
vueltas dieron así, por el largo paseo, sin decir palabra. Había
pasado una larga hora. La noche había caído con gran confusión
de elementos. A un extremo del paseo, yacía el paquete de tabaco vació
del profesor; en el otro yacía exhausta, la cajita de cerillas.
Al
fin la uno de los dos grandes amigos, suspiró. Aquel suspiro le trajo al
profesor un aliento de sentimentalidad a los labios y, abriendo el corazón,
mostró su fondo ingenuamente; es decir hizo un muy sentido discurso sobre
la decadencia de la enseñanza española y la mala disposición
de los alumnos.
Oh dichoso suspiro! El joven profesor miró a los dos
discípulos y pareció que ya no les miraba con tanta extrañeza
como antes. Incluso paró el paso y, con todo y consultar el reloj y el
cielo -que debían de señalarle una una hora muy alta y una tempestuosa
proximidad- invitó a los dos discípulos a sentarse en la acera de
un lindo café, donde damas pálidas y nocturnas consumían
varias cosas en dulce compañía, cerca de las mesas llenas de claridad.
Ante el ofrecimiento inolvidable, no sé lo que pensó uno de los
grades amigos, el que era más alto y más firme; pero el otro, el
que era más bajo y más plácido y autor del dichoso suspiro,
de parlamento crítico y sentimental, sintió una gran alegría,
y pensó que si, por probable fatalidad, al día siguiente era suspendido
en la asignatura, al menos no fuera burlado por cumplido, pues era hombre orgulloso
e inpenitente que hasta en la desgracia procuraba ser triunfador, en tan gran
manera, que era hombre capaz habiendo vivido en tiempo de la Convención
Francesa, de subir al cadalso y hacer una mueca de desprecio a la multitud miserable,
antes de poner el cuello bajo el corte de la guillotina. Había fumado ya
innumerables pitillos del profesor; ahora éste te invitaba a tomar cerveza;
siendo así, al día siguiente el profesor podía, casi bien
impunemente, suspenderlo en la asignatura.
Con el primer trago de cerveza,
fue el profesor quien sobresalió sentimentalmente. El joven profesor había
pasado una larga temporada en las universidades alemanas. Así exclamó:
<<Heidelberg, Heidelberg, patria de la juventud que bebe cerveza y desafía
a toda salud! Jamás de los jamases, la mía ha sido mejor que cuando
corría ruidosa y alegre, como un río entre cañas por la vieja
universidad de la centenaria Heidelberg! Deja que tus recuerdos vengan a mí
en esta dulce hora de la noche, y permite que hable a estos dos discípulos
(el profesor se paró un momento para mirar a los amigos; los dos que estaban
bebiendo, dejaron deprisa los vasos y temblaron; pero el profesor alzó
los ojos y prosiguió), deja que se les hable de cuando yo era como ellos
y me guarecía bajo las tejas famosas del "Goldhaus"; deja que
les cuente el sabor de la cerveza fresca, el estallido de las risas en los cuartos
enmaderados, el ruido del Necker en las noches azulosas y cándidas de verano,
y aquel amor que todos los estudiantes teníamos por una chica rubia, a
la que...>>
La cerveza de los vasos se desvaneció; el joven profesor
pidió tres vasos más. Una vez servidos, el profesor sonrió
maliciosamente; los dos amigos sonrieron también, todavía con más
malícia y un de ellos iba a hablar, pensando adivinar la idea que animaba
al profesor; pero este le tomó la palabra, diciendo: <<Ustedes saben
lo que es pasar dos o tres días sin dormir y cantando?>>
Los
dos amigos se miraron sobrecogidos. Ellos sólo sabían lo que era
pasar tres días sin cantar y durmiendo. El joven profesor se hizo cargo
de su ignorancia y prosiguió: <<En Heidelberg hay un antiguo castillo,
en la cumbre de una montaña muy hermosa bordeada por el río. El
castillo no es ninguna joya de arte, pero tiene un gran valor centenario. ¡Más
cerca del castillo, en la cumbre, hay una arboleda sombría y deliciosa,
donde parece que duerman leyendas sagradas y la velen pájaros sobrenaturales;
tan intensas son la majestad y calma del lugar y tan suaves y nunca oídos
los cantos de los pájaros que en él anidan!... Todos los sábados,
al atardecer, subíamos al castillo; uno traía una trompa de caza,
otro una flauta dulce y filosófica, otro venido de las grises playas del
norte, un cuerno marino. Llegábamos por orden de potencia instrumental
y de menor sonoridad en los medios; es decir que, quienes traían trompas
retuertas o cualquier otro instrumento agudo, profundo o ensordecedor, andaban
en último lugar; delante suyo iban y por otros lugares, gentes que solían
ser más ágiles, pues los trompetistas no pasaban de ser sopladores
y pausados, trayendo sus deliciosos instrumentos de voz más plácida;
aquellos eran los violines, violas y ocarinas, con el melancólico acordeón
del cual yo era maestro. En frente y, por camino diferente, marchaban los flautistas
y tenores que eran los primeros en ganar la cumbre y penetrar en la selva. Así
empezaban los que iban primero con su música y cantos; invisibles para
nosotros y su voz llegaba apagada y atrayente como un clamor virginal. Ardídos,
los segundos llegaban a la cumbre y ya frente a nosotros veíamos en la
otra parte de la selva, a los primeros llegados y confundíamos nuestra
música alada con la suya. Entonces, todo pájaro que estuviera en
rama de árbol, no hacía más que reunir al nuestro su canto
divino, mientras las alas lo traían de aquí y de allá, comunicando
por todas partes su alegría. ¡Fiesta única y digno de dioses
helénicos! Ya con el sol puesto, con la última lucidez del día,
llegaban los trompetistas, por la parte de Oriente; y una vez repuestos de su
gran fatiga y sed, levantaban, a punto de salir la luna encima las cumbres y con
niebla en el horizonte; sus cantos heroicos tan llenos, severos y majestuosos,
que más parecía aquel lugar a punto para una cabalgata medieval,
que para un sencillo y ruidoso encuentro de gente estudiante.
Con la noche
estrellada bajábamos alegremente hacía el pueblo, donde lucían
ya las ventanas pequeñas del "Goldhaus" y el maestro Fuchs preparaba
la dulce y deseada menestra. Los caminos eran oscuros y estrechos; los cantos
ensordecían y hubieran visto el vuelo de los pájaros asustados en
las ramas, el grito de los mochuelos y el miedo de los búhos, huyendo uno
por uno y solitariamente hacia la llanura!>>
El joven profesor, perdió
la voz al llegar a este punto. No encontrando su alegra sonoridad más apta
para ser expresada, rompió en grandes risas llenas e inrompibles. Se acabó
la cerveza, trajeron más y, habiendo hecho una pausa entremedio larga y
dulce. Quedó abstraído un largo rato, contemplando algo invisible
para los dos amigos. Después se quedó pálido y serio. Llamó
al camarero, pagó el gasto y se levantó. Los dos amigos se levantaron
también. El joven profesor les dio la mano temblando.
<<Si nunca
pueden ir a pasar un año a Heidelberg, yo se lo pido por su juventud, que
vayan... Si todos los estudiantes españoles fueran un año a Heidelberg,
unos volverían buenos y otros malos; pero los buenos serían tan
fuertes que aniquilarían a los malos y la enseñanza universitaria
en España se habría salvado! Buenas noches tengan!>>
Los dos amigos se miraron, solos, extenuados, con gran emoción. Al día
siguiente, fueron aprobados ambos. Y un de ellos, marchó al año
próximo hacia la vieja Heidelberg.
Argumento
de lo obra "Juventud de príncipe"
Acto
I
Al levantarse el telón aparece una
severa y regía estancia del castillo de Karlsburg. Todo está ordenado
y quieto, como corresponde a la mansión de sus altezas serenísimas.
Dos criados rígidos, custodian el paso a las puertas. Bien pronto el espectador
se entera de que el joven príncipe heredero, Carles Enric, ha pasado unos
brillantes exámenes y que, en aquellos momentos, está conferenciando
con su tío, el rey, que trata de enviarlo a proseguir sus estudios en la
Universidad de la vieja Heidelberg.
Víctor Codina
interpretando al Príncipe Carles Enric.
Foto
"De tots colors" Sr. Cunill
Hasta
entonces la educación del príncipe Carles Enric había sido
a cargo del sabio doctor Jüttner, que ha sido nombrado consejero de estado,
en pago a sus servicios.

Enric Giménez interpretando al
doctor Jüttner.
Foto "De tots colors"
Sr. Cunill
Jüttner es
un hombre de bondadoso carácter y de clara inteligencia que reúne
en todo su saber, un gran conocimiento de la ciencia de la vida. El joven príncipe
irá a Heidelberg acompañado del doctor y del ayuda de cámara
Lutz.

Josep Santpere interpretando a Lutz.
Foto "De
tots colors" Sr. Cunill
Más,
en el ambiente de la regía mansión, nada puede vivir sin nacer en
la esclavitud de la fórmula, la reglamentación y la severidad, y
por esto se confecciona inmediatamente, un plan de estudios para el príncipe
y un reglamento para sus expansiones: <<El príncipe se dedicará
a un trabajo intenso, paseará por los bosques y la montaña>>.
Al despedirse le tributarán todos los honores correspondientes a su alta
persona y hasta su alteza serenísima, si su estado de salud se lo permite,
irá a la estación.
Estos son los planes y el ministro de estado,
en una entrevista que celebra con el doctor Jüttner se los comunica.

Enric Guitart interpretando al ministro de estado.
Foto
"De tots colors" Sr. Cunill
El
doctor queda extrañado de que se quiera sujetar al plan de vida, que debe
hacer en la vieja Heidelberg, la ciudad de los estudiantes, de la alegría,
de la libertad.
En una escena magistral, entre el príncipe Carles
Enric y el doctor Jüttner, éste comunica al príncipe que lo
han designado para acompañarlo a la villa universitaria, pero que él
no quiere ir. <<No te acompañaré>> -le dice- por que
el doctor guarda un recuerdo demasiado hermoso de los años de juventud
pasados en Heidelberg y teme que ya no tenga fuerzas para hacer aquella vida.
Está enfermo del corazón; la vida que allí tendrá,
de hecho no podrá soportarla. Él no cree en el pomposo plan de estudios.
Sabe que en Heidelberg, todo es alegría y juventud y tiene miedo de sentirse
viejo. Pero el príncipe le ruega tiernamente, que no le abandone, que no
le deje ir solo y al final, el doctor que estima al príncipe como un hijo
accede a sus súplicas y entusiasmándose con el recuerdo de Heidelberg,
consiente en acompañarlo, diciéndole que se prepare porqué
en la villa universitaria sabrá lo que es la vida, conocerá que
en el palacio, siempre ha estado solo, encarcelado.
Acto
II
La escena representa el alegre jardín del hostal
de Ruder en Heidelberg.

Enric Viñals interpretando a Ruder.
Foto
"De tots colors" Sr. Cunill
Es
el mes de mayo. Los árboles florecen alegremente, el río Necker
se escurre tranquilo y transparente. Es mayo y allí, en la vieja ciudad,
el curso empieza. Bien pronto llega la escena dónde un grupo de estudiantes
alegremente celebran el inicio del curso. Llegan con perros, cantando alegres,
llenos de sana juventud que les hierve por las venas y se manifiestan con pura
y simpática algazara. Están divididos por grupos, de las diferentes
cantones de Alemania, que se distinguen por las divisas que llevan colgadas al
cuello. Allí en la cervecería los sirve Caterina, la sobrina del
hostalero, desenvuelta y atrayente, que vive y se mueve entre ellos, pura como
una visión de ensueño.
Margarita Xirgu interpretando a Caterina.
Foto "De tots colors" Sr. Cunill

Margarida
Xirgu protagonitzando "Joventut de príncep" haciendo propaganda
de la Casa Gal en la revista "Feminal"con su autógrafo.
Foto
Archivo Fotogràfic de Barcelona.
Ella
les da cerveza, juega con ellos, es amiga de todos, la tratan con franqueza y
ninguna impureza viene a manchar aquellas simpáticas relaciones, llenas
de viva alegría. En un estallido de entusiasmo por su pura amiga, uno de
los estudiantes se arranca la divisa y se la pone a Caterina, los capitostes de
los otros grupos lo imitan, y así queda proclamada reina de la virtud;
sentándola en una silla se la llevan a gritos de ¡Viva Heidelberg!.
Todos desaparecen marchando al fondo del jardín y después se escuchan
sus cantos: el gaudeamus y la canción de aquel viejo que se llamaba Goethe.
Mientras tanto ha llegado a la cervecería el ayuda de cámara Lutz,
cortesano egoísta y lleno de humos, que abomina de la vieja ciudad de los
estudiantes y que se queja de que se hayan escogido, al borde del río,
las habitaciones del príncipe y las suyas, sin haber pensado en su reuma.
La buena gente del hostal se preparan para recibir al príncipe que
entra acompañado del doctor. Caterina le ofrece un ramo de flores y le
recita una poesía, que el príncipe escucha complacido. Bien pronto
se comprende que los jóvenes simpatizan y mientras el doctor Jüttnerr,
que sufre una enfermedad, se ha adormecido, en espera de una botella de buen vino,
el príncipe y Caterina hablan; es un dulce divagar aquella conversación;
él tímido, como joven que ha vivido siempre aislado, ella amable
y desenvuelta como doncella que vive alegre, en medio de la libertad. Hablan sobre
quien es él, quien es ella y cuando ambos saben que no tienen padres, parece
que esta nota de dolor los acerca más y más. Tanto que el príncipe
en una explosión de su naturaleza, con exceso retenida, se arriesga a abrazar
a Caterina, que dulcemente lo aparta con un: <<No, esto no. ¿Usted
no sabe que estoy prometida?>>. Pero su prometido está lejos, en
Viena, no le gusta demasiado, son sus tíos quienes quieren que se case
y bien pronto, vuelve a manifestarse la corriente de aproximación entre
ellos dos, de manera que cuando Caterina se va, el príncipe le pide dolorido
si volverá.
Este es el debut del príncipe en la vida de estudiante,
más acto seguido, un estudiante, el conde de Asterberg se le acerca y tomándolo
por un estudiante nuevo del primer semestre, sin pensar quien pueda ser, lo trata
con franqueza de compañero, le explica la vida que se hace en Heidelberg,
le canta la canción del vivir alegre, le ofrece incorporarlo a su grupo,
nombrar bebedor honorario a su compañero, el doctor, que sigue durmiendo
y acaban ambos brindando por su amistad. Entonces en un barullo de estudiantes
ponen una divisa al príncipe, también una de sus gorras y al presentarlo
al grupo de compañeros, cuando él les dice que es el príncipe
heredero, hay un movimiento de extrañeza; pero entre los estudiantes no
hay categorías, y acto seguido prescinden de la categoría del nuevo
amigo y brindan a su salud, mientras él estalla con el grito de ¡Viva
Caterina! que ha entrado y es celebrada por todos. Entre tanto el doctor que se
ha despertado, al ver al príncipe con la gorra y la divisa, dice con alegre
buen humor que visto así no lo decorarán con la cruz de Saxònia.
Esta es la entrada del príncipe en la vieja villa universitaria.

Manel Ballart interpretando al estudiante,
el conde de Asterberg.
Foto "De tots colors"
Sr. Cunill


Acto II de "Joventut de príncep".
Foto "De tots colors" Sr. Mas
Acto
III
La escena representa las habitaciones del príncipe
en el hostal de Ruder. Lutz, el ayuda de cámara, que lejos de palacio ha
pasado a ser un criado como otro, duerme extendido en un sofá. Son las
cinco de la mañana. Cantan los pájaros, tocan las horas y Lutz se
despierta malhumorado, por la vida poco cómoda que debe hacer alquí
y por el ruido que hacen los pájaros. Se queja de que el príncipe
se entregue totalmente a la vida de estudiante, que pase las noches fuera de casa
con el doctor y los amigos, y de que le hagan hacer trabajos de criado, cuando
él es todo un ayuda de cámara.
Al poco rato, llegan los estudiantes
con el príncipe Carles Enric; han pasado la noche fuera, en alegre algazara,
vienen cansados, pero alegres todavía, algo grises de vino. El doctor ya
no se puede aguantar, pero con la inercia de la alegría, no se quiere acostar,
hasta que al fin rendido de cansancio se lo llevan, como más tarde se llevan
también a un estudiante que se ha adormecido, pero diciéndole que
le haran tomar un baño matinal en las frescas aguas del Necker.
Entonces
quedan en escena el príncipe, Caterina y el viejo Kellermann, un criado
de los estudiantes que los sigue a todas partes y que se ha quedado completamente
dormido.

Ferran Bozzo interpretando a Kellermann.
Foto "De tots colors" Sr. Cunill
Caterina
lo despierta; el príncipe le da una propina y sin más, le dice que
cuando será príncipe reinante lo hará repostero de su palacio.
Kellermann se va ilusionado y contento.

Acto III de "Joventut de
príncep".
Foto "De
tots colors" Sr. Mas
Cuando
Caterina y el príncipe Carles Enric quedan solos, se acercan a la ventana
y estalla entre ellos una conversación de amor. Bella, fresca, llena de
sueños y encantos, de dolores y ternuras. Él le dice de ir a Odenwald,
donde hay el árbol del amor, le habla de hacer un gran viaje, a París,
de correr mundo y de salir en aquel mismo momento, con carruaje, despertando a
todo Heidelberg. Caterina lo escucha llena de efusión, le dice si sueña,
duda un instante, pero con amor y juventud en el corazón, todo se puede
hacer y corre a ponerse el vestido blanco, mientras él da órdenes
a Lutz para que preparen al carruaje.
Pero de pronto, aquel
sueño se rompe por la llegada del prudente ministro de estado. Viene triste
y serio a cumplir la pesada misión de anunciar al joven que tiene que regresar
a Karlsburg, porque su tío ha tenido un ataque, y se debe organizar su
regencia. En principio él protesta, se exaspera, dice que todavía
no es hora de volver a encarcelarse entre las estrechas paredes de su palacio,
se queja de que sólo ha pasado cuatro meses en Heidelberg y que tenía
de quedarse un año, finalmente amenaza con renunciar de su cargo. Más
el ministro lo escucha prudentemente, le habla de su misión, de que tiene
el derecho y el deber de ser el heredero de su tío y al fin lo convence
de irse inmediatamente hacia Karlsburg. <<Le esperaré a la estación>>
-le dice-. Y el príncipe contesta que sí, cayendo abatido mientras
el ministro se retira.
Cuando llega el doctor, el príncipe se entrega
al dolor de dejar aquella Heidelberg donde ha vivido tan bien; pero el buen Jüttner
le reconforta y le hace entender que es de razón que se vaya. Él
lo acompañará, pero el príncipe no quiere, quiere que el
doctor se quede allí, para restablecerse.
Pero cuando el doctor está
fuera y el príncipe se prepara para marchar, entra Caterina, con el vestido
blanco, preparada para irse a hacer la excursión proyectada, pero toda
dolorida porque sabe que Carles Enric se tiene que ir. Ella le ayuda a hacer el
equipaje y en el momento de despedirse rompe a llorar con un grito de:<<¡Ya
no te veré más!>>.
Acto IV
Otra
vez el castillo de Karlsburg, severo y quieto, como una inmensa tumba. Han pasado
dos años desde que el príncipe se fue de la vieja Heidelberg; su
tío se ha muerto y él ahora está reinando. Todo es triste;
por el palacio se habla de que el príncipe Carles Enric siempre está
triste y desinteresado por todo lo que le rodea. Los empaquetados y severos cortesanos
se apenan por él. Se habla también del matrimonio del príncipe
que será dentro de poco tiempo y Lutz, el ayuda de cámara, que aquí
en palacio vuelve a estar en plenitud de sus funciones, se muestra muy satisfecho
de que el príncipe le haya concedido tres semanas de licencia y querría
que la noticía se desperdigara, que llegara hasta un diario, pero sin poder
sospechar que es él mismo quien la ha dado.
En estas entra a solas
el príncipe, vestido de negro, triste. Se sienta en su mesa de despacho
para examinar los asuntos de estado y el intendente de palacio le lee el programa
de las fiestas que se celebrarán por su boda. El príncipe, desinteresado,
no puede acabar de escucharlo, le dice que se vaya que él mismo acabará
de examinarlo y le pide si se han cumplido las órdenes que él dio
de levantar, a costa suya, un monumento en Heidelberg al doctor Jüttner.
El intendente dice que no lo sabe y que lo mirará.

Enric Viñals interpretando al intendente de palacio.
Foto "De tots colors" Sr.
Cunill
Entonces el príncipe
se queda solo entregándose al lacerante recuerdo de aquel corto tiempo,
el mejor de su vida, pasado en la villa universitaria, lejos de la esclavitud
de palacio, cuando entra el intendente a decirle que hay un tal Kellermann de
Heidelberg, que pide ver al príncipe porque dice debe hacerle una pregunta.
El príncipe ordena que pase acto seguido. Al verlo, el príncipe
corre a abrazarlo. ¡Ah, que de cosas le recuerda el viejo criado, el viejo
Kellermann a quien una mañana de gozo el príncipe prometió
hacerle repostero de palacio cuando estuviera reinando!

Acto
IV de "Joventut de príncep".
Foto "De tots colors" Sr. Mas
Por
esto ha venido el viejo. Y en una escena llena de gracia y ternura, el príncipe
hace traer bebida y comida al criado y le pregunta por Heidelberg. La vieja ciudad
sigue igual, las oleadas de estudiantes se suceden siempre iguales, con sus cantos
y alegrías, sólo ha cambiado el hostal de Ruder que ya no es, ni
de mucho tan concurrido como antes, han cambiado también los jóvenes,
que son otros e incluso Caterina, la sobrina de Ruder, que desde que el príncipe
dejó Heidelberg, está muy triste, y ha llorado mucho.
Todo
esto conmueve el ánimo de Carles Enric que decide volver a hacer una visita
a la ciudad de su verdadera juventud, antes de casarse, antes de entregarse del
todo a la esclavitud de su vida de príncipe. Y determina marchar aquella
misma noche.
Acto
V
Desencanto. En casa de Ruder han puesto tapetes en las mesas
para esperar al príncipe. Los estudiantes, como que se trata no de un condiscípulo
sino de un magnate que va hacerles una visita, se han vestido de frac y se preparan
para recibir al príncipe reinante con toda ceremonia. Cuando él
entra lo saludan respetuosamente, lo saludan con un discurso, contestan a las
preguntas que les dirige y permanecen siempre correctos y serios. ¡Tienen
los músicos preparados y no se atreven a cantar, hasta que el príncipe
se lo pida y entonces es cuando triste y monótona resulta su canción,
cantada sin alegría ni libertad, rígidos, delante del príncipe
que los escucha pensando en el ayer pasado, para siempre jamás!.

El Sr. Munt interpretando a un músico.
Foto
"De tots colors" Sr. Cunill
Por
esto Carles Enric los despide y queda dolorido cuando entra Caterina. Para ella,
el príncipe reinante es el mismo estudiante que había amado antes.
Por esto lo llama por su nombre y le habla francamente. El príncipe la
mira todavía con ojos de enamorado. Ella le dice que se ha recordado mucho
de él, que ya sabe que se va a casar, que su prometida es muy hermosa,
que la haga muy feliz y que ella, por su parte, también se casará
dentro de poco tiempo, con aquel prometido que ya tenía entonces; todo
es cosa de los parientes. Él le dice que también se ha recordado
siempre de ella, que no lo ha olvidará nunca... Pero viene el momento cruel.
Se deben separar.

Acto
V de "Joventut de príncep".
Foto
"De tots colors" Sr. Mas
La
realidad, la fría realidad ha de matar para siempre aquella imposible pasión,
nacida en las embriagueces de luz y libertad de la vieja Heidelberg. Y llenos
de honda emoción se separan para siempre jamás. Él para ir
a hacer su vida de príncipe, ella para marchar a Viena, a ser la humilde
mujer del prometido que le han elegido sus tíos. <<Adiós>>...
Pero Carles Enric, antes de irse tras haberla abrazado debe dar paso a lo que
su corazón le dicta, debe dejar traslucir todo su drama de esclavo, de
hombre sin libertad y con profundo dolor exclama ya desde la puerta: <<Sólo
te he amado a ti y nunca jamás, podré amar a nadie más>>
Ella, al escucharlo se lo mira llena de dolor y rompe a llorar amargamente.
En
la obra también aparece el varón de Metzing en el palacio de Saxónia-Karlsburg:

Ferran Capdevila interpretando al barón de Metzing.
Foto
"De tots colors" Sr. Cunill
Comentario
a la primera representación
Todo el encanto que al despertarse
siente el doctor Jüttner por el solo nombre de Heidelberg, la ciudad de sus
recuerdos, vieja y joven, noble y alocada al mismo tiempo, lo sentimos nosotros
con la misma intensidad, por esta magistral obra de Wilhlem Meyer-Förster.
Pocas obras escénicas abocan tanta frescura y brillantez de vida sobre
el espectador como esta, y pocas veces la poesía mana tan pura y tan sutil,
sin perder un grado de su alto valor por entre decorado y vestuario y toda la
pila de convencionalismos escénicos inevitables.
En
los actos que pasan en Heidelberg, la ficción escénica desaparece
del todo.
El río corre... la noche cae... el viento pasa... y vienen
instantes como el del diálogo entre Caterina y Carles Enric del segundo
y del quinto acto, tan exquisitamente reales, tan inevitablemente bien llevados,
que si Caterina dijera: -Qué perfume tiene este viejo árbol- (por
ejemplo) una oleada de perfume se extendería por la sala, y si dijera:
-Mira qué pájaro pasa... Se va a jugar- en el suspense de los espectadores
se engañaría la curiosidad de buscar al pájaro que pasa,
olvidados de que estos detalles a las tablas no llegan.
Nos
parece que decir esto de una obra es un gran elogio, más que decir que
los personajes son reales, las situaciones bien llevadas, que el interés
aumenta, y otras cosas más que se pueden decir también con justicia
de esta obra, no es con este tono frío y analítico que se debe hablar,
sino desde el punto y la emoción donde nos ha elevado la inspiración
del dramaturgo-poeta.
Hace falta decir también, que una obra como "Joventut
de príncep" podía ser solo hija de Alemania. Y no porque el
retrato de la corte, austera, seca, cohibidora, que está también
expuesta con tanta justicia que al espectador le parece que para él se
abren las puertas de palacio aislado del pueblo y pueda observar todo el ahogador
encarcaramiento oficial, en cierto punto necesario, sea diferente del retrato
que podría hacerse de la de otros países. Sino porque lo que es
diferente de otros países es la riqueza sentimental del pueblo, el encanto
de las tradiciones, el sentimiento de los paisajes, el carácter suave y
melancólico de la vida alemana.
-La poesía en Alemania se encuentra
en la universidad- dice un estudiante al desconocido estudiante nuevo que es Carles
Enric, el príncipe heredero de Saxonia Karlsburg, que lo escucha con ojos
admirados en los jardines de casa Ruder, en el misterio de la hora. Y esto que
dice el alegre estudiante y que queda bellamente demostrado en el opulento cuadro
de vida de aquel mismo acto incomparable, no puede decirse de otros países,
donde la universidad es la prisión que hace nacer la rebeldía y
la consiguiente indisciplina. Y si en algún otro lugar en la universidad
se puede encontrar poesía, no es esta tan pura y luminosa como la que ama
la juventud de aquel pueblo.
Por esto decíamos que "Joventut de
príncep" podía ser solo hija de Alemania. De un autor de otra
tierra, la misma obra, habría tenido, hasta prescindiendo del sello de
la personalidad del autor, otro estilo diferente que podía incluso hacerla
parecer inverosímil en su esencia.
Es tan justo que Carles Enric, el
pobre triste en su alto nivel, el joven prisionero de su palacio, se sienta enamorado
de la vida libre que la desconocida juventud de su tierra le muestra, se sienta
seducido por la espiritualidad de la alegre Caterina, se encuentre más
que discípulo, camarada del buen preceptor doctor Jüttner, que nuestra
simpatía se va por él y por la enamorada, por la vida humilde de
canciones y risas, y el palacio en lugar de sernos el lugar envidiable nos es
la tristeza de la que huimos.
Dejando a parte -que ya es mucho dejar- el valor
literariamente exquisito de la obra, es para nosotros este el secreto del éxito
extraordinario que tiene esta comedia ante los públicos de Europa: "Que
el pueblo que la escucha se siente contento de ser pueblo". Y esto en la
desazón de vivir, en la constante envidia de la suerte del otro, es de
un consuelo supremo.
Wilhelm Meyer extiende este manto de consuelo sobre los
hombres, como hacen los grandes dramaturgos, únicamente con artística
exposición de medios.
En una hora en que tan fácil era caer
en protestas y prédicas trascendentales, él ha huido con buen gusto
y ha mostrado el definitivo peso de la vida del joven príncipe en el desconsuelo
de la ruptura necesaria de aquel idilio con Caterina, que no ha de olvidar nunca
más.
La traducción de Carles Costa y Josep Mª Jordà,
esta hecha con mucho amor. El lenguaje es culto y literario.
La interpretación
de esta obra afortunada ha sido afortunada también.
Giménez
llena de tanta simpatía el papel del doctor Jüttner que tras haberlo
visto, uno se acuerda de él como de un nuevo amigo ganado.
La Xirgu
interpretó con su clarividencia de gran artista. Hizo una Caterina alocada
y pura, atrevida e inocente, y en los momentos culminantes de la obra está
sencillamente exquisita. Hay pequeños detalles como cuando se aparta del
bullicioso avispero de estudiantes que le viene encima, que hechos como los hace,
toman un adorable relieve.
Santpere está espléndido en el ayuda
de cámara.
Merece también citarse a parte al novel actor señor
Codina, encargado del príncipe, a quien sabe dar cohibición y alegría
en las situaciones por las que pasa, y constantemente distinción, cosa,
esta última, que carecen tantos actores catalanes.
Bozzo lleno de carácter
tiene un hermoso corto papel. Y alrededor de éste, otros actores como Guitart
y Viñals bien, y los otros aceptables.
Nosotros, que somos de los
que creemos que sólo se han de importar las obras cumbres que aumenten
el gusto de nuestro público y puedan servir a la mayor parte de nuestros
autores y actores de estudio, enviamos la enhorabuena a todos, y nuestra sincera
admiración y simpatía por Wilhelm Meyer-Förster que con su
obra ha entrado en nuestra casa entre aplausos, como por todas partes, haciéndonos
latir el corazón y haciéndonos pasar por delante de los ojos -él
que vive retirado en Syuttgart, casi ciego- un brote de vida dolorosa sobre una
ancha, rica y luminosa visión de juventud.
"De tots colors".
Redacción y Administración: Passatge de Mercader,10. Barcelona


Cuando
Margarita Xirgu estrenó "Juventud de príncipe" la obra
venía precedida de gran popularidad y reiterados éxitos en los escenarios
ingleses, alemanes y franceses. Se estrenó en 1901 y en una temporada rebasó,
en las salas alemanas, las 1.500 representaciones. En Londres, en el Saint-James
Theatre, se dieron 300 funciones consecutivas. El célebre Antoine fue quien
la presentó en París, dos años más tarde, alcanzando
las 500 representaciones, cifra importante para la época.
El éxito
de esta obra romántica en Barcelona, fue indescriptible. Para su montaje
se recurrió a la colaboración de la juventud universitaria barcelonesa,
que se prestó alegremente a aquella original experiencia de convivir con
actores y actuar en una comedia donde en cada representación consumían
un barril de cerveza. Margarita Xirgu comentó años más tarde:
<<Los estudiantes se tomaron muy a pecho su intervención y prolongaban
la representación, convirtiendo en escenario los patios de la universidad
o la misma calle. Usaban distintivos, como los estudiantes de Heidelberg, y como
ellos se dividieron en bandos>>. La prensa fue unánime en reconocer
que la obra que encadenaba escenas musicales con otras emotivas y pintorescas,
consagraba definitivamente a Margarita Xirgu. "La Vanguardia" publicó:
<<... dio a su personaje un encanto inenarrable, merced a la emoción
que puso en representarlo; merced a la ternura amorosa con que enriqueció
las frases con el amado; merced a la suelta alegría con que animó
los lances de los estudiantes bulliciosos>>.
La obra se estrenó
el día 10 de octubre de 1908 y permaneció en cartelera hasta el
20 de noviembre. El número de representaciones no soportó la comparación
con las del extranjero, pero dado que en aquella época ninguna obra resistía
más de una semana en cartelera, se calificó de gran éxito.
Cuando, a primeros de noviembre, se suspendían las representaciones para
dar paso al tradicional "Don Juan Tenorio", la empresa anunció,
a ruego de las familias que no pudieron asistir a las funciones de "Joventut
de príncep" de tarde y noche, que se darían a las once de la
mañana de los domingos. El día 10 se daba una sesión a beneficio
de los estudiantes-artistas que tomaban parte en la obra. Andando el tiempo, a
la Xirgu se acercarían médicos como el doctor Pi i Sunyer, abogados,
investigadores, ... que habían actuado de comparsas en la obra. Y para
que nada faltase al fervor popular, el maestro Lambert compuso una sardana en
honor de la obra, que bautizó con el mismo nombre, y que interpretó
la Cobla Sureda en el Teatro Principal. Aquello fue el delirio. La gran actriz
catalana Josefina Santaularia, que actuó al lado de Margarita Xirgu durante
tantos años, contó que la popularidad de Margarita no tuvo precedentes:
la gente, a su paso, le gritaba "Visca la Caterina!" y las floristas
de las Ramblas, cuando pasaba ante sus puestos, le regalaban ramos de flores con
emocionada espontaneidad. Era el homenaje del pueblo a la que sabía recrearle
con escenas de ternura, alegría o patetismo, como aquella en que se despide,
llorando del príncipe Carles Enric, porque presiente que la separación
va a ser definitiva. Más allá del romántico personaje de
la obra, los barceloneses aclamaron el éxito de Margarita Xirgu.
"Juventud
de príncipe" fue adaptada muchas veces en películas y también
en la opereta musical "El príncipe estudiante", del compositor
norteamericano Sigmund Romberg, con lírica de Dorothy Donnelly, que fue
estrenada el 2 de diciembre de 1924 en el Jolson's 59th Street Theatre de Broadway
y que alcanzó las 608 representaciones. En 1915 se realizó una adaptación
de la obra, en una película muda bajo la dirección de John Emerson
y el 21 de septiembre de 1927 se estrenó la producción del film
mudo de la Metro-Goldwyn-Mayer, el melodrama "The Student Prince in Old Heidelberg"
cuya adaptación fue dirigida por Ernst Lubitsch (1892-1947), el gran director
alemán judío. Protagonizaron el film el actor mexicano Ramon Novarro,
un "latin lover" del cine mudo en el papel del príncipe Karl
Heinrich y la actriz Norma Shearer en el papel de Kathi. Completaron el reparto:
Gustav von Seyffertitz como el rey Karl VII, Jean Hersholt como el doctor Jüttner,
Bobby Mack como Johan Kellermann y Edward Connelly como el primer ministro Von
Haugk.

El actor Ramon Novarro y la actriz Norma Shearer en
el fim "The student prince in Old Heidelberg" de Ernst Lubitsch.
Foto
Wikipedia
Cartel del fim "The student prince
in Old Heidelberg" de Ernest Lubitsch.
Foto
Cinepatas
En
la película un grupo de niños y otro de muchachas exclama ante la
foto del pequeño príncipe heredero Karl Heinrich (encarnado en su
corta edad con pasmosa sensibilidad por Philippe De Lacy): "¡Que genial,
maravilloso y hermoso es ser príncipe y posteriormente rey!" y así
lo hará de nuevo un viejo matrimonio al contemplar la caravana real, cuando
el príncipe se ha casado y ya ha asumido el rostro de Ramón Novarro.
Es evidente que de no mediar las enorme capacidades del director, la historia
que se muestra no dejaría de ser una vuelta más de tuerca en torno
a la infelicidad de los ricos y los poderosos y la felicidad de los súbditos.
Pero afortunadamente, había un gran hombre de cine por en medio, y con
él, con su sutileza y sensibilidad se muestra una hermosísima, agridulce
y finalmente frustrada historia de amor, que transformará a las dos personas
que la han vivido y, sobre todo, a ese joven sensible y retraído, que solo
tuvo en su vida una pequeña oportunidad para salir de esa verja real, tejida
por las instituciones, el estado y la tradición.
Es
patente en todo momento la maestría narrativa de Lubitsch, que se manifiesta
en la excelente planificación, la dosificación de los movimientos
de cámara -como el travelling de retroceso que muestra la decepción
del ya proclamado rey cuando acude de nuevo a la taberna donde encontró
a su amada y la contempla casi abandonada-, la destreza a la hora de desplegar
sobreimpresiones -esa rueda del carruaje en el que Karl se marcha de su paraíso
ya para siempre, que funde con la carroza en la que discurre el cortejo del monarca
recién casado-, e incluso en la imaginativa utilización de los subtítulos
-los amantes pronuncian el nombre de su oponente en los momentos pasionales y
el subtítulo se agranda-. Ciertamente el film de Lubitsch, es un catálogo
de admirables decisiones cinematográficas, que en cualquiera de sus aplicaciones
no solo tienen una justificación, sino que en muchos de sus momentos se
antojan incluso obligadas. Mucho se podría hablar de esta espléndida
película, en la que resultó muy acertada la elección de Ramón
Novarro, en el personaje protagonista. Su semblante delicado y pasivo -unido a
una buscada inexpresividad de matiz keatoniano- se ajustan muy bien al personaje.
No se puede decir lo mismo de Norma Shearer que ya empezaba a demostrar ser una
auténtica muñeca kitsch y que supone uno de los escasísimos
lunares de este film admirable. Esa pequeña sombra y la recurrencia a algunos
-afortunadamente contados- instantes de carácter coral y deudores de la
opereta -afortunadamente subvertidos con sentido de la ironía-, no pueden,
ni de lejos, empañar un título que cabe situar, por merecimiento,
entre las cumbres del cine mudo.
En 1954 la Metro-Goldwyn-Mayer
hizo una nueva adaptación de "Juventud de príncipe" basada
entonces en la opereta musical de Sigmund Romberg, dando lugar a un film musical
de 107 min. de duración "El príncipe estudiante", dirigido
por Richard Thorpe.

Edmund Thorpe y Ann Blyth en el film "El príncipe
estudiante".
Foto De Cine
Fueron sus intérpretes: Edmund Purdom, Ann Blyth, John Ericson, Louis Calhern,
Edmund Gwenn y S.Z. Sakall. El argumento fue de Dorothy Donnelly; el guión
de Sonya Levien y William Ludwig; la música de Albert Sendrey, George Stoll
y Robert Van Eps; y la fotografía de Paul Vogel.
La
obra "Juventud de príncipe" y Heidelberg se hicieron tan famosos
que hasta en Japón durante la era Meiji (1868-1912) fue lectura obligada
para los estudiantes. Bertolt Brecht también hizo referencia a la obra,
con un episodio entre el joven príncipe y su viejo criado, como un modelo
sobre la incomprensión de la vejez. En 1959 se realizó otra versión
de la obra, en una película dirigida por Ernst Marischka.
Wilhelm
Meyer-Förster en 1903 escribió la obra "Elschen auf der Universität"
y en 1923 escribió la novela "Su alteza contra Gleichenberg".
Murió casi ciego en Heringsdorf el 17 de marzo de 1934, a la edad de 72
años.
Algunos
textos han sido extraídos de "Wilhelm Meyer-Förster". Wikipedia,
de la publicación del número 43 "De tots els colors" y
de la biografía "Margarita Xirgu y su teatro" de Antonina Rodrigo.
XAVIER RIUS XIRGU
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