104. OSCAR WILDE
Oscar Fingal O'Flahertie Wills Wilde nació
el 16 de octubre de 1854, en el número 21 de la calle
Westland Row de Dubín, Irlanda (entonces perteneciente
al Reino Unido); fue novelista, ensayista, crítico literario,
poeta y dramaturgo.
Fue el segundo de los tres hijos que tuvieron
la familia protestante, culta y liberal, formada por el médico
Williams Robert Wills Wilde y su esposa Jane Francesca Elgee.
Su primer hijo William "Willie" Charles Kingsbury,
nació el 26 de septiembre de 1852 y la tercera hija Isola
Emily Francesca en abril de 1857. Su madre una escritora de
éxito, fue una connotada poetisa de su tiempo y nacionalista
de la causa irlandesa, conocida con el sobrenombre de Speranza
en el periódico irlandés "The Nation"
en el que colaboraba con sus escritos. Fue también una
fina linguista que traducía a Dumas; Oscar más
tarde leería con placer las traducciones de su madre
y las utilizaría para los elementos más oscuros
de su propio trabajo. Su padre de origen holandés era
un destacado cirujano otorrinolaringólogo, además
de un renombrado filántropo que dirigía un dispensario
en Dublín, el St. Mark's Hospital, destinado a la atención
de los indigentes. Su padre, también con inquietudes
literarias, escribió libros sobre arqueología
y folklore, y fue conocido principalmente como ocultista. Antes
de casarse había tenido ya tres hijos: Henry Wilson nacido
en 1838, Emily en 1847 y Mary en 1849. Costeó los estudios
de medicina de Henry y lo empleó en el St. Mark's Hospital.
Desgraciadamente Emily y Mary murieron en un incendio, a la
joven edad de 24 y 22 años respectivamente.

Retrato de Oscar Wilde
Foto Cmgww
Oscar tenía el cabello castaño,
los ojos grises, era guapo y fue educado en casa hasta los nueve
años. Solía participar en las reuniones literarias
organizadas por su madre. En 1864 ingresó en la Portora
Royal School de Enniskillen, en el condado de Fermanagh (Irlanda),
donde estudió hasta 1871. En 1867 murió su hermana
Isola Emily Francesca, a causa de una fiebre repentina. Esta
muerte prematura, inspiró a Oscar Wilde a escribir "Requiescat",
un delicado poema y quedó tan afectado que guardó
toda su vida un poco del cabello de su hermana, en un sobre
decorado. En octubre de 1871 ingresó en el Trinity College
de Dublín, donde estudió a los clásicos,
ganado los primeros premios en literatura en sus dos últimos
años y un segundo premio en dibujo. Su rendimiento sobresaliente
lo llevó a ganar tres años más tarde la
"Medalla de Oro Berkeley" de griego, el mayor premio
para los estudiantes de clásicos de este centro, por
un trabajo sobre los poetas griegos. Gracias a una beca de 95
libras anuales, el 17 de octubre de 1874 ingresó en el
Magdalen College de Oxford, donde continuó sus estudios
hasta el verano de 1878. Durante su estancia en este centro,
falleció su padre el 19 de abril de 1876, pasando a continuación
la familia estrecheces económicas, siendo su hermano
mayor Henry Wilson quien pagó la hipoteca de la casa
familiar y quien los mantuvo hasta su muerte repentina en 1877.
En 1876 Oscar fue el primero en Literatura Clásica. Durante
las vacaciones de 1877 visitó Italia y Grecia. En 1878
fue el primero en literatura griega y latina y en junio de este
mismo año su poema "Ravenna" le permitió
adjudicarse el premio "Oxford Newdigate Prize" de
poesía.

Oscar Wilde.
Foto Cmgww
Después de graduarse en el Magdalen College,
de Oxford, Oscar regresó a Dublín, donde conoció
y se enamoró de Florence Balcome. Ella, por su parte,
inició una relación con Bram Stoker. Percatándose
del enlace, Wilde le anunció su intención de abandonar
Irlanda permanentemente. Finalmente en noviembre de 1878 obtuvo
el título de Bachelor of Arts, graduándose con
la mayor nota posible. Ya desde su período en el Magdalen
College, Oscar Wilde adquirió renombre especialmente
por el papel que desempeñó en los movimientos
estético y decadente. Comenzó a llevar el pelo
largo y a desdeñar abiertamente los deportes llamados
"masculinos". A contra pelo del canon victoriano,
es decir, del conjunto de creencias y principios que regían
el gusto artístico y la conducta moral de los ingleses,
durante el reinado de la adusta e hierática reina Victoria
(1837-1901), Oscar Wilde se atrevió a tomar tales convencionalismos
y reglas por los pelos, para lanzarlos por encima de la borda
de un programa socio-ideológico, que no sólo era
fiel tributario de la corona sino también de las estructuras
imperiales. Pocas veces se puede encontrar una reina más
consciente de su "misión civilizadora" como
la reina Victoria. La magnificencia con que el totalitarismo
victoriano fue construido, no sólo revela la incontrovertible
vocación dictatorial de la mayor parte de las monarquías
imperialistas de la época, sino que también permite
explicar en gran parte algunas de las causas del cataclismo
de la Primera Guerra Mundial (1914-1918).
Oscar Wilde comenzó a decorar su cuarto, en el College,
con plumas de pavo real, lilas, girasoles, porcelana erótica
y otros objetos de arte. Su comportamiento excéntrico
frente a la norma masculina, le costó que lo zambulleran
en el río Cherwell además de que le destrozaran
su cuarto en el College. "De Irlanda por raza y de Oxford
por cultura" como solía decir de un amigo suyo,
Wilde fue el prototipo del hombre moderno: repleto de contradicciones,
y sin embargo, portador de una sustancial capacidad para soñar.
Esa constante disposición al desafío, lo puso
frente a frente con una masa informe de reglas, normas y prohibiciones,
que a la larga terminarían por aplastarlo. Ni duda cabe
de que Wilde con ese amor por la simulación, anunciaba
algunas de las tendencias más notables de la estética
del siglo XX que se propagó entre ciertos segmentos de
la sociedad hasta un punto tal que las actitudes lánguidas,
las vestimentas exageradas y el esteticismo en general se convirtieron
en una pose reconocida.

Retrato de Oscar Wilde.
Foto Famous Poets and Poems
A continuación marchó a Londres
con su amigo Frank Miles, un popular pintor de retratos de la
alta sociedad y estableció allí su residencia.
En 1881 se publicó su obra "Poemas", reunión
de sus primeros poemas aparecidos antes en varios periódicos
y revistas. Oscar Wilde decía que no existían
más que dos reglas para escribir: tener algo que decir
y decirlo. Su teoría acerca de la filosofía estética,
defendía la idea del "arte por el arte" y sentaba
las bases de lo que posteriormente dio en llamarse dandysmo.
El esteticismo en general fue caricaturizado en la opereta cómica
"Paciencia" de Gilbert y Sullivan en 1881 y tuvo tal
éxito en Nueva York, que al empresario Richard D'Oyly
Carte se le ocurrió la idea de enviar a Oscar Wilde a
los Estados Unidos, a dar un ciclo de conferencias. Así
fue como en diciembre de 1881 emprendió viaje a Estados
Unidos. La gira se organizó cuidadosamente, produciéndose
la llegada de Wilde en enero de 1882. Afirmó tiempo después
que había dicho en la aduana: "No tengo nada que
declarar más que mi genio", aunque no existen más
pruebas de la época, además de la propia afirmación
de Wilde, de que dicha declaración se produjese. D'Oyly
Carte se sirvió de esta gira de conferencias de Wilde,
para preparar la gira de "Paciencia" por los Estados
Unidos, asegurándose de que el público que compraría
las entradas estuviera al tanto de la personalidad de este personaje
británico.

Frase dicha por Oscar Wilde
en la aduana de Estados Unidos.
Foto Cmgww
Las 50 lecturas que originalmente habían
sido programadas para 4 meses, se convirtieron en 140 y fueron
dadas en 260 días, viajando incluso hasta Canada. En
este período conoció a Henry Longfellow, Oliver
Wendell Holmes y Walt Whitman. Oscar Wilde preparó también
los arreglos de su obra teatral "Vera o los nihilistas"
de 1882, que debía estrenarse en Nueva York al siguiente
año. Al otro lado del Atlántico, su calzón
corto de terciopelo y sus flores en el ojal causaron sensación.
La crítica se ensañó con él. El
diario "The Wasp" de San Francisco, publicó
una caricatura ridiculizando a Wilde y al esteticismo, aunque
el lo asumió con estoicismo e inteligencia; sin embargo,
por otro lado, fue muy bien recibido en lugares rudos como la
ciudad minera de Leadville, en Colorado. Durante su estadía
en los Estados Unidos, Oscar Wilde impartió conferencias
sobre las distintas y variadas expresiones de la belleza, pero
la sonoridad del recibimiento que le dieron no estuvo en proporción
con los contenidos y las críticas que quiso hacer. La
buena sociedad norteamericana parecía hacer derroche
de su riqueza, pero no sucedía lo mismo en lo que respecta
al buen gusto, la delicadeza, y el glamour en los distintos
escenarios que ofrecía la vida cotidiana. Como les hizo
ver con cínica franqueza sus limitaciones, algunos escritores
y críticos del autor lo encontraron presuntuoso e infatuado,
pero rara vez escrutaron a profundidad lo que Wilde entendía
por belleza, sentido estético y sensibilidad artística.
Además de sus afeminadas maneras, su esteticismo y hedonismo
a ultranza fueron el blanco de la burla de la prensa victoriana
y también entonces de la prensa amarga y venenosa de
los Estados Unidos.
Los fragmentos que se conservan de sus conferencias en los Estados
Unidos, demuestran que Oscar Wilde siempre que pudo criticó
al imperio británico, a la política migratoria
de aquél, y de manera sutil y elegante insinuó
que el socialismo era un ideario digno de tomar en cuenta, para
combatir la ocupación británica de Irlanda. Durante
su estadía en los Estados Unidos, los círculos
culturales sintieron que el poeta se burlaba de sus poses academicistas,
vacías y burdas. Por más esfuerzos que hizo para
atemperar sus sentimientos y no perder la paciencia con el mal
gusto de la pretenciosa y arrogante nueva burguesía industrial
norteamericana, se ubicó de frente a la gran polémica
del siglo: ¿Dónde reside el verdadero valor de
una obra de arte? ¿Quién decide lo que es una
obra maestra? Dos preguntas que, como decía Wilde, habían
recibido una riquísima gama de respuestas, pero sobre
las cuales cada vez sabíamos menos.

Oscar Wilde.
Foto Song of myselves
Hoy, cuando el valor de una pieza artística
se mide por su cotización en la bolsa, el esteticismo
de Wilde tendría muy poco que añadir, pero es
una resonante llamada de atención. Por eso, en gran medida
Wilde continúa con nosotros, porque tuvo el coraje de
sostener que la belleza tenía valor en sí misma,
y que no era un medio para enriquecer a su poseedor. La economía
política del gusto nos enseña a fin de cuentas
que la belleza, el talento, el ingenio no se poseen; somos poseídos
por ellos. Algo que la burguesía no vislumbró
jamás. Su mundo de objetos útiles, su insaciable
necesidad de cosas, de mercancías, ha jugado el papel
de una plataforma muy efectiva para dinamizar al mundo de los
marchantes, pero ha dejado libres, aunque sufrientes y exangües,
a los creadores, sobre todo aquellos que no se venden, así
les vaya en ello la salud física y mental.

Oscar Wilde en 1882.
Foto Wikipedia
A su vuelta, Oscar Wilde hizo lo mismo en universidades
y centros culturales británicos, donde fue excepcionalmente
bien recibido. También lo fue en Francia, país
que visitó en 1883, estableciéndose tres meses
en París al escribir una tragedia en verso solicitada
por la actriz Mary Anderson que nunca estrenó y al entablar
amistad con Verlaine y otros escritores de la época.
Retrato de Oscar Wilde.
Foto Faculty Kutztown
El 29 de mayo de 1884 contrajo matrimonio en Paddington,
Londres, con Constance Lloyd, que era cuatro años más
joven que él e hija de un abogado prominente, Horace
Lloyd, consejero de la reina, que murió cuando su hija
tenía sólo 16 años. Había conocido
a Constance en Londres y se volvieron a encontrar durante una
visita de ella a Dublín, pues Oscar ofrecía una
conferencia en el Teatro Gaiety. Wilde aprovechó la ocasión
para pedirle matrimonio. Las 250 libras de dote de Constance
permitieron a la pareja vivir en un lujo relativo y desde entonces
Oscar Wilde vivió en su famosa casa de Tite Street, en
el elegante barrio de Chelsea. Constance sabía diferentes
lenguas europeas, pero no sacó provecho de sus conocimientos.
Con el primer embarazo, Wilde se cansó de su mujer. Aún
así, la pareja tuvo un segundo hijo. Constance le dio
dos hijos, Cyril en junio de 1885 y Vyvyan en noviembre de 1886.
Para mantener a la familia, Oscar Wilde editó la revista
femenina "Woman's World" en la que trabajó
desde 1887 hasta 1889 y trabajó como revisor para la
"Pall Mall Gazette".
Constance Lloyd, esposa de Wilde,
y Cyril, su hijo.
Foto Wikipedia
En 1888 Oscar Wilde publicó un libro de
cuentos, escrito para sus hijos, "El príncipe feliz
y otros cuentos", que incluía también los
cuentos: "El ruiseñor y la rosa", "El
gigante egoísta", "El amigo fiel" y "El
famoso cohete". En 1890 se publicó, en forma de
fascículos en la revista americana "Lippincott's
Magazine", su primera y única novela "El retrato
de Dorian Gray", cuya autoría le reportó
feroces críticas desde sectores puritanos victorianos
y conservadores, debido a su tergiversación del tema
de Fausto. Oscar Wilde reunió todos los fascículos
de la novela "El retrato de Dorian Gray", expandió
la historia y lo publicó en forma de libro al año
siguiente. Se trata de una novela sobre la experiencia de un
vicioso exquisito, de juventud inalterable, en tanto que un
retrato oculto va dando cuenta de la huella que dejan en sus
facciones sus corrupciones y sus vicios. En la novela escribió:
"Todo arte es más bien inútil". De hecho,
esta cita refleja el apoyo de Wilde al principio básico
del movimiento estético: el arte por el arte. Cuando
Wilde sostenía que el arte era inútil, se refería
precisamente a su supuesta banalidad, predicada por años
por una burguesía pragmática y estéril,
que sólo confiaba en la industria para producir "cosas
útiles". Se refería también a los
despropósitos socio-económicos del mismo, puesto
que los afectos, las emociones y la soledad creativa del artista,
no están diseñadas para producir cosas útiles
según el criterio de la burguesía, sino objetos
bellos, capaces de evocar en el espectador la posibilidad de
tener acceso a un mundo mejor. En ese sentido el arte es subversivo,
pero sigue siendo inútil; aunque el artista y su creación,
serían muy útiles para la burguesía si
defendieran y estuvieran al servicio de sus intereses. La doctrina
del arte por el arte fue acuñada por el filósofo
Víctor Cousin, promovida por el poeta, novelista, pintor
y crítico de arte Théophile Gautier y adquirió
prominencia con el pintor norte americano James McNeill Whistler.
El esteticismo de Wilde tiene el tono de la ficción,
del puente que se establece entre el sueño y la realidad.
Vivir la vida como una obra de arte puede plantearle problemas
a quien la aborda con la cordura que da la perpetua racionalización
a que nos obliga la vida cotidiana. El arte por el arte, postulado
central de algunos de los grandes teóricos de la estética
pre-rafaelista como Walter Pater (1839-1894), y cuya influencia
artística en Wilde fue decisiva; en apariencia podía
profundizar las contradicciones entre la amoralidad del arte
y el supuesto compromiso que el artista debía tener con
los problemas de su tiempo. Porque para Wilde no existían
el libro pervertido o el libro virtuoso. Existían los
libros bien o mal escritos. Y esta sola afirmación fue
capaz de provocar un debate de grandes proporciones, que incluso
perdura hoy día entre nosotros.
El esteticismo de Oscar Wilde, su dandysmo, pertenecen a la
era del imperialismo, a los sobrecogedores umbrales del siglo
XX. No es el dandysmo de Charles Baudelaire por ejemplo, todavía
bajo los influjos de una revolución francesa que no acaba
su tarea, aun cuando la comuna de París de 1871, supuestamente,
debió de haber llevado al colmo una herencia que en el
presente recordamos con nostalgia y gratitud. El arte por el
arte, como patrón ideológico, en el caso más
que concreto de Oscar Wilde, es una estrategia de evasión,
ante las evidencias contundentes de la fealdad de la sociedad
industrial. En estos casos jamás el arte podrá
imitar la vida. Si partimos de la base de que el arte por el
arte es una actitud irresponsable, sometida a los vaivenes del
gusto literario y artístico de la época, o metida
de plano en los caprichos estéticos del artista, eso
sería ponerle límites muy serios a un conjunto
de ideas que no se agotan en el culto por el objeto de arte,
sino que va más allá y abarca también el
grado de inserción que tenga el artista en su realidad
social, política y cultural específica. La tesis
del arte por el arte, no sólo como se expresó
en la Inglaterra victoriana, sino también en la Francia
del Segundo Imperio, generó una serie de acaloradas discusiones
sobre todo porque, si la revolución industrial había
traído consigo una riqueza colosal para los poderosos,
también se hizo acompañar por una pobreza aterradora.
Tal tesis en este caso, era poco menos que frívola y
superficial. Sin embargo, difícilmente el artista con
sus creaciones podía modificar dicha situación.
La pintura de los pre-rafaelistas no alteró un ápice
los desmanes imperialistas británicos en la India, por
ejemplo. O la humillante situación en la que se encontraba
la mujer. Sin embargo, en el ejemplo de Wilde como en el de
muchos otros creadores de su época, el arte podía
convertirse en un artefacto de poderosa influencia política
y social, a partir de la fuerza y de la naturaleza del compromiso
con que el artista se insertaba en la sociedad de su tiempo.
De tal manera que, entre el buen decir de Wilde, y su verdadero
hacer, la lógica dialéctica nos dice que son los
resultados los que nos permiten medir la verdadera dimensión
del impacto de sus creaciones, y los mismos son de tal magnitud
que hoy se puede decir que existe una bibliografía cercana
a los ocho mil títulos sobre su vida y su obra.
Autores como Edward Arnold, John Ruskin y Walter Pater, que
defendían la importancia central del arte en la vida,
le prepararon el terreno a Wilde para que su estética
esencialista fuera más allá del simple placer
cotidiano o instantáneo que pudiera producir una obra
de arte. Tal tensión entre la cotidianidad y la eternidad
no se resolvía con el hedonismo de los pre-rafaelistas,
aunque las propuestas de Dante Gabriel Rossetti o Williams Morris
eran dignas de tomar en cuenta y tuvieron una influencia permanente
en las artes decorativas inglesas, sino, según Wilde,
de acuerdo con la capacidad que tuviera un determinado artista
de minar el terreno de la estética burguesa desde adentro.
Bien sabemos que dicha tensión le reventó en la
cara. Sin embargo, encontró seguidores en autores posteriores
como Gide, Auden, Nabokov, Beckett, Mann y otros que supieron
plantarse de manera frontal ante una estética burguesa
que aspiraba a la legitimación esencialista del objeto,
en la medida en que éste tarde o temprano terminaría
convertido en mercancía. En ningún lugar, finalmente,
podemos ver con más claridad la textura de dicha tensión
que en los diálogos que sostienen sus personajes dramáticos.
El dialogismo de Wilde, como diría Bakhtin, es un recurso
mediante el cual el autor despliega a plenitud todas sus objeciones
hacia la sociedad burguesa, pero tiene la fuerza particular,
asumida con sutileza y elegancia, de revelar sus paradojas sin
caer en la vulgaridad discursiva o panfletaria que sus temas
pudieron haber provocado. Si el artista vive en los límites
de la sociedad, y con regularidad puede ser confundido con un
criminal, por su actitud rebelde y marginal, la burguesía
hace lo mismo, sólo que se oculta tras una pasta de afeites
a la cual hay que penetrar con el cincel de la crítica
y la sensibilidad individuales. En tanto que esteta principal,
Wilde llegó a ser una de las personalidades más
prominentes de su época. Aunque sus pares en ocasiones
lo tildaban de ridículo, sus paradojas y sus dichos ingeniosos
y agudos eran citados por todas partes.
En el verano de 1891 Oscar Wilde fue presentado a Lord Alfred
Douglas conocido como Bosie, el tercer y menor hijo de Marqués
de Queensberry, John Sholto Douglas, nada más y nada
menos que el hombre que creó las reglas del boxeo. Bosie
un estudiante de Oxford quedó seducido por "El retrato
de Dorian Gray", pronto se convertieron en amantes y fueron
inseparables. También en 1891 Wilde publicó "Intenciones"
un libro de ensayos -verdadero corolario de su estética-
que incluía: "La decadencia de la mentira"
de 1889, "Pluma, lápiz y veneno", "El
crítico artista" y "La verdad sobre las máscaras".
En 1891, además se publicó un conjunto de cuentos
breves en prosa, los relatos humorísticos de "El
crimen de Lord Arthur Saville y otras historias" que incluía:
"El fantasma de Canterville", "La esfinge sin
secreto", "El modelo millonario" y "El retrato
del Sr. W. H.". Tampoco disminuyó su popularidad
como dramaturgo, que se acrecentó con obras como la comedia
"La duquesa de Padua" que se estrenó en Nueva
York en 1891.

Oscar Wilde y Lord Alfred Douglas
"Bosie".
Foto WMagazine
Oscar y Bosie solían alquilar una casa de campo en las
afueras de Londres, donde el escritor podía dedicarse
tranquilo a sus obras y aprovechar la intimidad con su joven
amante. Se dice que una tarde fueron sorprendidos por un vecino
jugando con agua, ambos completamente desnudos, a lo que Wilde
exclamó: "Lo que usted está viendo es genuinamente
griego".
Oscar Wilde y Lord Alfred Douglas
"Bosie".
Foto Lector bajito
Oscar Wilde sostenía que en el socialismo
el desarrollo del individuo, a la larga, devendría en
un extraordinario beneficio para toda la comunidad. De aquí
que el socialismo de Wilde apunte hacia el rescate del individuo
antes que a cualquier masa social informe y primitiva. Pero
era fundamental, ofrecerle a ese individuo las condiciones ideales
para que su expansión y crecimiento como ser humano se
dieran sin limitaciones de ninguna naturaleza. En su condición
de irlandés católico, hijo de una mujer dirigente,
dura y combativa del movimiento feminista, también líder
lúcida y brillante de las tareas por la liberación
de Irlanda, Wilde nunca separó su sueño de la
posible construcción del socialismo de las luchas por
la independencia de su país. La educación sentimental
de Wilde bien puede valorarse a partir de su catalítico
más notable, su relación con Lord Alfred Douglas;
pero se le haría una gran injusticia si se hiciera algo
igual con su ideario socialista y utópico, pues éste
tiene una gestación más tribal, casi familiar,
en el cual la atractiva figura de su madre es vertebral. Sostenía
que la sensibilidad y profundidad de los celtas no tenían
por qué estar sometidas a la frivolidad y al burdo sentido
práctico de los teutones (sajones o ingleses). Estas
ideas, desplegadas en varios de sus ensayos, pero notablemente
en "El alma del hombre bajo el socialismo" iniciado
en 1891 y terminado en 1904, le ocasionaron algunos problemas
con la crítica literaria victoriana. A ésta, la
revolución Industrial le había creado el falso
sentimiento de la infalibilidad del proyecto burgués
de civilización, y por ello, el cánon victoriano
estaba lubricado de arriba a abajo con la húmeda creencia
de que todos los pueblos del planeta le merecían incondicional
entrega. Húmeda en la sangre, el sudor y las lágrimas,
de los trabajadores de las colonias, quienes durante la Primera
Guerra Mundial empezarían a inmolarse por una causa que
no era la suya. En "El alma del hombre bajo el socialismo"
su contenido utopista hace notar al lector que sin el socialismo,
ningún progreso social o cultural es posible. Wilde no
sistematiza su sueño, sólo piensa en los cambios
que experimentará el soñador cuando esa nueva
sociedad se vislumbre en el horizonte. Esto es perfectamente
lógico, a partir del andamiaje estético que Wilde
se había construido. En sus "historias socialistas
para niños" la belleza de las narraciones, de los
temas, del lenguaje, de los personajes, nos impiden de primera
entrada darnos cuenta que en casi todas ellas, se parte de postulados
binarios: justo-injusto, bueno-malo, bello-feo, egoísta-generoso,
y así en casi todos sus cuentos. No podía haber
sido de otra manera, la lógica formal, de fuerte sabor
aristotélico, es la plataforma sobre la que reposa la
visión del mundo de la burguesía colonialista
de los tiempos de Wilde, y él, para bien o para mal,
fue educado por ella, a pesar de que su decadentismo esteticista
le hubiera granjeado su mala voluntad. Con serias dificultades
la burguesía tolera de nuevo en sus filas, a quienes
la traicionan.
La Inglaterra victoriana es la del apogeo de la industrialización,
pero también la del crecimiento de la clase trabajadora,
de sus luchas, sus avances, retrocesos y conquistas. En la era
del imperialismo, cuando las utopías sociales florecían
como hongos por todas partes, puesto que la miseria que había
traído consigo la expansión capitalista en pro
del enriquecimiento colosal de unos cuantos, no pasaba inadvertida
para aquellos con suficiente sensibilidad y sentido común,
como para percatarse sobre quién se beneficiaba y cómo
legitimaban esos privilegios.
No debemos llamarnos a engaño atragantándonos
con la creencia de que las utopías que soñó
Wilde tenían algo que ver con el concepto totalitario
que tuvo Marx del socialismo. Es de notar que, a pesar de que
el marxismo se sirvió con mucho de la sólida tradición
racionalista burguesa, que se remonta a los inicios del siglo
XVI, y que bien por ello se puede considerar como parte del
pensamiento burgués occidental, aunque moleste a sus
más severos defensores, nunca perdió, tal vez
más bien exacerbó, la vena totalitaria de tal
racionalismo. Puede resultar difícil de negar la vertiginosa
propensión totalitaria del reinado de Victoria; ahí
están las brutalidades de su imperio para probarlo. Precisamente
es contra esa tiranía victoriana que Wilde escribe sus
ensayos, sus historias para niños y sus dramas. Pero
no se le enfrenta de una manera abierta y exultante. Su lucha
contra la mojigatería, la falsa espiritualidad y la frivolidad
volátil de los victorianos, está planteada en
términos estéticos, de manera que es también
estética la noción de socialismo anarquista que
cultivó Wilde. Está más cerca de Tolstoi
que de Bakhunin, y todavía más de los fabianos
que de los marxistas.
La vida de Wilde se extendió a lo largo de un período
rico en acontecimientos sociales, políticos y culturales,
que no le pasaron desapercibidos en su gran mayoría,
y en los cuales, cuando fue requerido, tuvo una participación
importante, como el asunto de la cacería de brujas que
provocó el caso Dreyfus. Su participación en el
affaire no está clara por completo, pero se sabe que
con Emile Zola y otros grandes escritores de la época,
hizo lo necesario para mostrarle al mundo el racismo y la intolerancia
que había detrás de la condena de Alfred Dreyfus,
por supuesta alta traición al ejército francés
en favor de los alemanes. Su gran delito fue ser judío.
El individualismo de Wilde, sustentado sobre la sólida
idea de que si la persona humana no dispone de condiciones materiales
y espirituales para desplegarse a cabalidad, abre el paso a
muchas variantes de la esclavitud, tiene una vigencia y una
vitalidad en nuestros días, que asombra por su frescura
y su inmediatez. No se trata del individualismo rampante y explotador
que predican el liberalismo y el neoliberalismo actuales, sino
más bien de aquél que sostiene que si los seres
humanos no sacan todo lo que tienen dentro, la sociedad se verá
invadida por todos los vicios y consecuencias nefastas que traen
consigo la frustración, las inhibiciones, la amargura
y la represión. La belleza, el cultivo del espíritu,
la solidaridad, serían los vehículos mediante
los cuales los hombres y mujeres de la nueva Utopía harán
posible la recuperación del individuo. "El estado
fue concebido entonces para hacer lo útil, el individuo
para realizar lo bello" decía Wilde, en una frase
que recoge a la perfección su criterio sobre los distintos
terrenos en que deben moverse ambos sujetos. El individualismo
burgués, cuyas raíces penetran en el egoísmo
más elaborado, es objeto de crítica y sarcasmo
por parte de Wilde. Él argumentó que el hombre
egoísta jamás tendría conflictos con la
máquina, porque ésta le completaba como instrumento
de producción, y culturalmente hablando, lo dejaba intacto
desde el punto de vista moral. El ingeniero industrial, para
usar un ejemplo, al estilo de los que soñaban Ford y
Taylor, es un sujeto sin contradicciones de ninguna especie,
tan compacto que asusta su efectividad, para la cual todo lo
no que genere mercancías es inútil. No era ese
el tipo de individualismo en el que estaba pensando el de Wilde.
Uno quisiera pensar que el socialismo de Wilde es más
sistemático, más y mejor articulado que muchas
propuestas que circulaban por aquellos días, pero no
pasa de ser una pose romántica, anti-colonialista y certeramente
estética, nada más. Leerlo con los ojos de un
marxista de nuestros días, puede llenarnos de frustraciones,
pues podríamos ponerlo a decir cosas que nunca dijo,
ni pensó remotamente. Casi se puede argumentar que para
Wilde el arte y la individualidad, esa noción específica
que tiene del individualismo, son interdependientes. Oscar Wilde
intuyó la diferencia operativa entre individuo e individualidad.
Para fines estéticos tal distinción es central,
pues la burguesía tiene una idea del individuo que en
nada se parece a la que estuvo trabajando Wilde hasta su muerte.
Oscar Wilde, en febrero de 1892, estrenó en el St. James's
Theatre su primera comedia, terminada en Francia, "El abanico
de Lady Windermere". La crítica señaló
en ella modos y formas de origen parisino. Su éxito de
crítica y de finanzas, le impulsó a continuar
escribiendo para el teatro. En junio de 1892 comenzó
Sarah Bernhardt a ensayar su drama "Salomé",
escrita en francés, para ser estrenada en el Palace Theatre
de Londres. Fue entonces cuando Lord Chamberlain negó
la licencia para su representación, por figurar personajes
bíblicos en la obra. También en 1892 publicó
el conjunto de cuentos "Una casa de granadas" que
incluía: "El joven rey", "El cumpleaños
de la infanta", "El pescador y su alma" y "El
niño estrella". En 1893 se estrenó con éxito
la comedia "Una mujer sin importancia" y publicó
la obra en prosa "Teleny o el reverso de la medalla"
atribuido a él, aunque fue más un esfuerzo conjunto
de varios amigos suyos, que él pudo haber editado.
En 1894 apareció su magnífico poema "La esfinge".
Se publicaron sus "Frases y filosofías para el uso
del joven", en la revista "Chamaleon", que fueron
motivo de cargo, más tarde, durante su proceso. También
en ese mismo año salió la primera edición
de "Salomé", traducida al inglés por
Lord Alfred Douglas, e ilustrada por Aubrey Beardseley.
1895 es un año crucial en la biografía de Oscar
Wilde. A la sazón estrenó el 3 de enero, en el
Theatre Royal del Haymarket, "Un marido ideal" y en
febrero del mismo año, en el St. James's Theatre, "La
importancia de llamarse Ernesto" una obra de diálogos
vivos y cargados de ironía. El éxito de Wilde
se basaba en el ingenio punzante y epigramático que derrochaba
en sus obras, dedicadas casi siempre a fustigar las hipocresías
de sus contemporáneos. Fue también entonces cuando
le retrató Toulouse-Lautrec. Al enterarse el padre de
Bosie, de su relación homosexual con Oscar Wilde, el
Marqués de Queensberry, le dejó una nota en el
club que frecuentaba: "Para Oscar Wilde, ostentoso sodomita
[sic]". Wilde, animado por Bosie, denunció en marzo
de 1895 al marqués por calumnias y difamación,
esgrimiendo la "amoralidad" del arte como defensa.
Después de que el abogado Edward Carson sometiera a un
riguroso interrogatorio al demandante, fue detenido, procesado
en la corte del Old Bailey y sentenciado a dos años de
prisión y a trabajos forzados, el 27 de mayo, por sodomía.
Bosie repudiaba a su padre y más aún cuando uno
de sus hermanos se suicidó.
Algunos de sus biógrafos sostienen que Oscar Wilde, sabiéndose
ya condenado a la cárcel, pudo haber huido. Según
ellos, fiel a la sentencia dictada a André Gide, durante
el encuentro que ambos escritores mantuvieron en Blida (Argelia)
en enero de 1895, aquella que rezaba: "hay que buscar siempre
lo más trágico", Wilde prefirió regresar
a Inglaterra y ser allí detenido. Sin embargo, el mismo
Wilde confiesa en la versión de "De Profundis"
publicada por su hijo, que no pudo escapar porque se lo impidió
el dueño del hotel donde se albergaba, al que debía
una cuenta considerable.
Durante su juicio, sus propias obras fueron utilizadas en su
contra. El juez le preguntó al escritor, citando uno
de sus libros, cuál era ese amor que no se atrevía
a decir su nombre. Wilde respondió: "El amor que
no se atreve a decir su nombre, en este país, es como
el afecto de un viejo a un joven, así como fue el amor
entre David y Jonathan y tal como lo pueden encontrar en los
sonetos de Miguel Angel o Shakespeare. Este profundo y espiritual
afecto es tan puro que es perfecto
es hermoso, es delicado,
es la forma más noble de afecto. No hay nada sobrenatural
en esto y, repito, existe entre un hombre mayor y uno joven,
donde el mayor tiene el intelecto y el joven tiene toda la energía,
esperanza y glamour de la vida por delante. Esto debe ser así
y el mundo no lo entiende".
En la condena de Wilde confluyen la hipocresía moral,
el cinismo político, la prepotencia colonialista y finalmente
la más desproporcionada intolerancia que uno pueda imaginarse.
Mientras la corona británica hacía todo lo posible
por destruir a Wilde, siete años después de muerto
éste, en la más absoluta soledad, en el medio
de la pobreza y de la sequía artística, la corona
sueca premió con el Nobel de Literatura a Rudyard Kipling,
por su obediencia al canon victoriano y por su lucidez en la
defensa de los derechos que tienen los países "civilizados"
para someter a los que no lo son, como los de África,
Asia y América Latina.
El hedonismo sincero de Wilde pudiera haber producido algún
grado de acidez en los sectores más conservadores y vigilantes
de la moral pública victoriana. Lo mismo que el lado
oculto de su vida privada, atemperado por un matrimonio trágico
y falaz, parecía atraer la curiosidad más morbosa
del público británico de la época, porque
rara vez alguien exponía su verdadera naturaleza sexual
con tanta sinceridad como lo había hecho el escritor,
aunque estos ingredientes podían ser manejables en una
corte de justicia. La racionalidad burguesa no aceptará
nunca al homosexual pues éste está en contra de
todos sus más caros principios: la familia por ejemplo,
para la salud de la cual es necesaria la reproducción;
la sexualidad displicente y mecánica, para la cual el
cuerpo femenino no es asunto de las mujeres sino de la burguesía,
que lo concibe como el depositario cierto de su visión
material y espiritual del mundo. Por eso es que la rebeldía
feminista en gran parte empieza por el rescate y recuperación
de su propio cuerpo. Todo el basamento judeo-cristiano sobre
el cual reposa la moral burguesa cruje ante la presencia insolente
y vanagloriosa de un homosexual como Oscar Wilde. Hitler, Stalin,
Somoza, Duvalier, todos los grandes dictadores de nuestra época
persiguieron y aniquilaron cualquier brote de homosexualidad
en sus sociedades. Y la reina Victoria, entre otros tiranos,
les enseñaron cómo hacerlo. Rodeado de un séquito
sumiso e incondicional de burócratas y policías,
el dictador, el tirano, sea éste hombre o mujer, quiere
controlar todos los detalles del funcionamiento de su sociedad.
Y no hay cosa más difícil de controlar que la
sensualidad, el erotismo, la espontaneidad de las pasiones.
Éstas son increíblemente subversivas, trátese
de una pareja homosexual o heterosexual. Resulta que la burguesía
descubrió al individuo pero le negó su individualidad,
de tal forma que su sexualidad es un asunto social, no lo es
privado. Un homosexual entonces es un individuo marginal, un
enfermo, que debe ser aislado para proteger la individualidad
de los otros y ese individuo en particular, debe ser eliminado.
Aquí se trata de una decisión, como bien puede
verse, muy civilizada, prendida del sano objetivo de proteger
la "salud mental" del grupo, el cual, a la larga,
para la burguesía, es simplemente una suma de individuos
no de individualidades. Mucha de la más bella poesía
o de las cartas escritas por Wilde son directamente proporcionales
a su naturaleza sexual. Ignorar esto es separar al hombre del
artista.
Entonces, para bien de la civilización, un homosexual,
inteligente, sensible y educado como Wilde es peligroso, subversivo,
revolucionario eventualmente, porque es portador de una individualidad
demasiado fértil y vigorosa. Al fin y al cabo el sistema
aniquila al individuo, pero la herencia de su individualidad
es lo mejor que nos queda, y sobre eso no se discute porque
al final de la jornada también se puede subastar . No
es desarmonioso en consecuencia, pero sí muy irónico,
que el inventor de las reglas del boxeo, un deporte tan varonil
y "machista", el Marqués de Queensberry, padre
de Lord Alfred Douglas, amante y motivo de la tragedia de Wilde,
fuera quien finalmente lo enviara a la cárcel.
Oscar Wilde en la cima de su carrera, se convirtió en
la figura central del más sonado proceso judicial del
siglo, que consiguió escandalizar a la clase media de
la Inglaterra victoriana y la misma aristocracia que le había
lisonjeado hasta entonces, le despreció. Las numerosas
presiones y peticiones de clemencia efectuadas desde sectores
progresistas y desde varios de los más importantes círculos
literarios europeos, no fueron escuchadas y Oscar Wilde se vio
obligado a cumplir por entero la pena. Fue enviado a Wandsworth
y Reading, donde redactó la posteriormente aclamada "Balada
de la cárcel de Reading", poema donde el ahorcamiento
de un compañero sirvió como excusa para describir
íntimos sentimientos sobre el mundo carcelario. La sentencia
supuso la pérdida de todo aquello que había conseguido
durante sus años de gloria y le obligó a abandonar
su patria potestad de sus hijos. Constance, su esposa, marchó
a Suiza y cambió el apellido de sus hijos a Holland,
un viejo apellido de familia, para desvincularse del escándalo,
aunque nunca se divorció de Wilde.
En 1896 murió la madre de Wilde, de la cual escribe en
su famosa y extensa carta llena de resentimiento dirigida a
Bosie "De Profundis", escrita a principios de 1897:
"Te he hablado de tu madre con cierta amargura, y te pido
encarecidamente que le dejes leer esta carta, más que
nada por tu bien. Si para ella será doloroso leer tal
acusación contra uno de sus hijos, hazle recordar que
mi madre, que actualmente está a la altura intelectual
de Elizabeth Barrett Browling, e históricamente a la
de Madame Roland, murió, herida en lo más hondo
de su corazón, porque el hijo, de cuyo genio y arte se
había enorgullecido tanto, y al cual consideró
siempre como un digno sucesor de un nombre distinguido, fue
condenado a trabajos forzados por dos años". Bastará
leer "De Profundis" para darse cuenta de las enormes
proporciones que tiene para Wilde el arrepentimiento, por todo
el tiempo perdido al lado de Bosie cenando con panteras. Wilde
lo describía maravillosamente, cuando decía que
bajar a los mundos subterráneos de la prostitución
masculina del Londres victoriano, era como "cenar con panteras",
puesto que siempre se exponía al zarpazo, al chantaje
que tales licencias suponían a manera de resaca ineludible.
En estos viajes demenciales y arriesgados siempre lo acompañó
Bosie. En gran parte el tributo que Wilde le rindió a
los chulitos de los barrios bajos de Londres, es soñar
sus sueños y traducirlos en poesía, prosa y pensamiento.
Pero como buen pequeño burgués, citadino y acomodaticio,
también se cobra su precio: acostarse con ellos, aunque
después le devuelvan el zarpazo. Del paso de las tranquilas
plazoletas del verde y aristocrático Oxford, al sucio
y desvencijado Londres, Oscar y Bosie hicieron una aventura.
La misma que los llevaría a la tragedia, la desgracia,
la humillación y finalmente al desamor y al odio. Estas
aventuras, aparentemente traviesas y juguetonas, tienen un perfil
terrible, si pensamos en que, el que hacía las mayores
apuestas era Wilde. El tránsito de la homosexualidad
como tragedia del pensamiento y la cultura, a la homosexualidad
como comedia, proxenesis y vicio, les resultó a ambos
amantes increíblemente caro. Ese juego camaleónico,
esa mascarada sibilante repleta de entuertos e infortunios,
tendría que sostenerse indefectiblemente en los bordes
de la moral burguesa, la que no comprendería jamás
ese ir y venir entre las dos caras de una homosexualidad diseñada
para ocultar el verdadero propósito de toda esta aventura:
encontrarle sitio al arte en una sociedad que hacía mucho
rato había dejado de entenderlo. Lord Alfred Douglas
tampoco comprendió, en toda su justa dimensión,
este azaroso manipular de espejos en que lo había metido
Oscar Wilde. Para él el juego tenía dirección,
sólo en la medida en que su individualidad artística
saliera fortalecida, envigorizada para continuar con una tarea
que toda la sociedad burguesa en algún momento vería
como una absoluta aberración. En el trayecto Wilde no
sólo perdería el control sobre su cuerpo, puesto
que su carcelero sería el verdadero dueño durante
dos años, sino también sobre lo más preciado
y valioso para un artista: la independencia y la tranquilidad
de espíritu para crear.
El 11 de febrero de 1897 Sarah Bernhardt estrenó "Salomé",
en el Theatre de L'Oeuvre en París.

Foto que se dijo era Oscar Wilde
representando "Salomé", cuando en realidad
era de una cantante de ópera hungaresa llamada Alice
Guszalewicz.
Foto Shanmonster
La obra recorre los mejores escenarios de Europa,
pero Margarita Xirgu no acabó de decidirse a incorporarla
a su repertorio hasta que se sintió atraída por
la plasticidad del personaje, después de haber visto
en el Liceo de Barcelona la representación lírica
de la obra a cargo de la cantante italiana Gemma Bellincioni,
que Richard Strauss compuso en 1906 para "Salomé".
Uno de los principales problemas que tenía
la Xirgu con el personaje fue la voluptuosa danza de los siete
velos, que interpretaba la princesa de Judea Salomé delante
del tetrarca Herodes, pidiendo como recompensa que le trajeran
en una bandeja de plata, la cabeza de Juan Bautista porqué
el profeta rechazó amarla. De mala gana, Herodes tiene
que acceder al deseo de Salomé y es así como la
princesa puede besar los labios de Juan Bautista. Como Margarita
no tenía idea de danza, empezó a dar clase con
Paulette Pàmies, profesora del conjunto de danza del
Liceo. Su hermano Miquel Xirgu se encargó de los bocetos
de los figurines del vestuario.

Margarita Xirgu protagonizando
"Salomé".
Foto Biografía de Antonina
Rodrigo
El 5 de febrero de 1910 Margarita Xirgu estrenó
el poema dramático "Salomé" traducido
al catalán por Joaquín Pena con decorados de Brunet
y Pous, en el Teatro Principal de Barcelona. La reacción
contra la obra por salir la Xirgu en el escenario con el vientre
desnudo, fue de escándalo. El diario "La Tribuna"
decía: "Salomé es una figura llena de peligros
para ser exhibida en la escena, especialmente en la nuestra,
poco preparada para espectáculos de esta índole.
Hay una discordante actitud de la crítica y del público;
mientras unos reconocen que el personaje bíblico de la
impúdica Salomé tiene gran consistencia humana,
otros lo encuentran irrespetable e incluso pornográfico".
Margarita Xirgu dijo al respecto: <<Toda interpretación
es la ilustración de un texto, una explicación.
Y yo no podía explicar nada, porque no lo había
comprendido bien. La cabeza del Bautista vista de cerca era
tan peluda que, yo que la tenía que besar apasionadamente
durante una escena, sentía una profunda repulsión.
Sólo de mirarla me ponía enferma. Y cuando, una
vez acabada la función, todavía la veía,
con los nervios destemplados gritaba: "Sacadme eso de delante!">>.
El Teatro Principal de Barcelona pertenecía a la Junta
del Hospital de la Santa Creu, formada por algunos sacerdotes
y no tardó en llegar el escándalo; un diario local
escribía: "Nadie creía que fueran capaces
de dar un mentís en la prensa voltairiana y a los curas
enemigos del realismo decadente, dejando estrenar la obra de
Wilde, pero el escándalo de los diálogos vodevilescos
ha colmado los oídos hipócritas de los censores".
La censura eclesiástica incluyó "Salomé"
en el Índice de libros Prohibidos. La dirección
del teatro se vio obligada a retirar la obra de la cartelera
y rescindir el contrato, y la compañía hubo de
dejar el teatro.
Después de actuar en castellano por primera vez en Málaga,
en junio de 1913, Margarita Xirgu actuó en Santa Cruz
de Tenerife y después en Las Palmas, donde una sociedad
extremadamente puritana puso el grito en el cielo por la puesta
en escena de "Salomé".
La representación de "Salomé" tuvo,
como fondo, el repique de todas las campanas de las iglesias
palmeñas, tocando a rebato, anuncio de calamidad pública,
como si se hubiese desencadenado una epidemia o una catástrofe.
¡¡De nuevo el escándalo; la obra parecía
maldita!!
Ser irlandés, rojo y maricón, junto con la capacidad
de Oscar Wilde de soñar para diseñar utopías,
eran indiscutiblemente componentes decisivos para hacer saltar
en pedazos a cualquiera que se atreviera a criticar al venerable
e intachable imperio británico. Lo más curioso
de todo esto es que Oscar Wilde amaba a su reina Victoria, y
cada vez que podía, celebraba el cumpleaños de
ella, con la misma devoción que cualquier anciano británico,
ciego creyente de la infalibilidad de su monarca. Su homosexualidad
por un lado, y sus ideas socialistas por otro, eran dos ingredientes
definitivos para que todo el peso del canon disciplinario victoriano
le cayera encima. Al lado de estos elementos, todo el dispositivo
caricaturesco que Wilde montó con su dramaturgia sobre
la moralidad burguesa, le representó en todo momento
serios problemas éticos, políticos, estéticos
y sociales. Porque las críticas de Wilde fueron anti-burguesas,
más que anti-victorianas. Tenía claro que la monarquía
era el obediente instrumento de un todo más abrumador
y destructivo: la civilización capitalista. La monarquía
y el imperio eran sus dos puntas de lanza, a las cuales, un
autor como Kipling, siempre rindió respeto y pleitesía.
Fue la primera víctima de la homofobia burguesa, pero
también de aquella ajustada y apremiada por la racionalidad
excesiva que ha caracterizado toda la época moderna.
Pocos autores del período hicieron tanto para promocionarse
a sí mismos, pero también pocos lograron penetrar
tan a fondo en lo que en realidad era la Inglaterra victoriana.
Sus viajes a los bajos fondos de Londres, una ciudad con dos
millones de pobres al iniciarse los noventa, se completaban
con su conocimiento práctico y teórico sobre los
círculos sociales más distinguidos de aquella.
Consecuente con su hipótesis de que el carisma, el buen
vestir, la prudencia en las comidas y la templanza en los placeres
eran el resultado de un conocimiento adquirido en un mano a
mano con los excesos, Wilde hizo lo que estuvo a su alcance
para vender su imagen, y con ello dio el primer paso hacia la
venta de sí mismo como mercancía artística,
producto de la publicidad, una de las grandes aspiraciones del
hombre contemporáneo. "Todos seremos famosos por
lo menos durante quince minutos de nuestras vidas", decía
Warhol. Y de esta manera, Wilde saldó sus deudas con
su pasado en Oxford, con una pizca de notoriedad. Porque sostenía
que los dos grandes cambios de su vida habían tenido
lugar cuando sus padres lo enviaron a Oxford, y cuando la sociedad
lo envió a la cárcel. No podemos decir que estos
dos acontecimientos fueran hitos decisivos en su discreto enfrentamiento
con la burguesía victoriana, pero sí lo fueron
en el diseño de su perfil como poeta y escritor, porque
el material que ambas experiencias suplieron, le facilitó
un mejor conocimiento de sí mismo y por supuesto la creación
de ese mundo literario personal en el que el único héroe
visible era él mismo.
"El mapa del mundo estará incompleto si en él
no incluimos al país de la Utopía". Aseveraciones
como ésta, eran las que le ocasionaban sus tórridos
enfrentamientos con el orden burgués establecido. Porque
siempre le gustó jugar al borde de los límites,
víctima de las tentaciones y de la marginalidad. Tomar
riesgos al filo del precipicio no sólo fue una idea que
permeó su sexualidad, sino también sus creencias
estéticas, las cuales aunque no tenían muy buena
acogida por los teóricos del "establishment",
eran frecuentemente recibidas con cierta simpatía por
los sectores populares, como le sucedió con los mineros
y las amas de casa en los Estados Unidos, cuando se dirigió
a ellos para hablarles de la importancia de la belleza en nuestra
vida cotidiana, y de la necesidad de tener una casa bien decorada
y atendida. Si la mujer victoriana iba a ser ama y señora
de los dominios de su hogar, entonces había que decorarlo
de tal manera que se hiciera más tolerable la vida cotidiana
en él.
Sólo el arte lo salvó del olvido irreparable que
trae consigo el ostracismo cultural a que se ven sometidos los
artistas e intelectuales que osan enfrentarse al monstruo de
la dictadura, en cualquiera de sus distintos disfraces. Razón
tenía Proust al sistematizar aquella maravillosa idea
de que solamente con el arte se recupera el tiempo perdido.
Con Wilde el asunto fue todavía más grave porque
no tuvo tiempo suficiente para rescatarse a sí mismo,
y cuando la tragedia lo alcanzó apenas comprendió
lo que le estaba sucediendo.
Oscar Wilde salió de la cárcel de Reading el 19
de mayo de 1897, arruinado material y espiritualmente. Recobrada
la libertad, despreciado por la siempre pacata sociedad inglesa,
se instaló a vivir en Berneval-le-Grand en Normandia,
Francia. Dirigió su primera carta al periódico
"Daily Chronicle" que se publicó el 28 de mayo.
Ni que decir tiene que no tardó en entregarse a sus pasiones
de antaño. Oscar y Bosie se reencontraron muy brevemente,
pero la relación no funcionó. Dos años
en prisión no fueron suficientes para despejar el enigma
en que se había convertido su vida. Nos damos cuenta
de que fue poco lo que alcanzó a entender, cuando al
salir de prisión lo primero que Wilde hizo fue buscar
a su antiguo amante, precisamente quien de alguna manera fue
el principal instrumento de su desgracia. ¿O será
que las razones del corazón no atienden a razones?.
En 1898 murió su esposa, abandonó Berneval-le-Grand
y marchó a París, donde vivió bajo el nombre
de Sebastián Melmoth, en homenaje al protagonista de
la novela de Maturin, acompañado a veces de su incondicional
amigo Robbie Ross, quien sostuvo haber sido el primer amante
masculino de Wilde y quien permaneció siempre leal a
él. Se publicó por primera vez el libro de poemas
"La balada de la cárcel de Reading" que escribió
durante su estancia en Berneval. En él retrató
la dureza de la vida en la cárcel y la desesperación
de los presos, con un lenguaje bello y cadencioso. En esta obra
escribió una de sus más famosas citas, como fue:
"Todos los hombres matan lo que aman, sea esto oído
por todos, algunos lo hacen con una mirada amarga, algunos con
dulces palabras; el cobarde lo hace con un beso, el valiente
con la espada", sin olvidar "que el que vive más
de una vida, más de una muerte debe morir". De lo
que no hay duda es de que escribió algunas de sus mejores
páginas en la cárcel de Reading. Fue consecuente
a aquella otra máxima en la que apuntaba: "siendo
el dolor la suprema emoción que el hombre puede experimentar,
es, al mismo tiempo, el prototipo del gran arte". El esteta,
el decadente, el esnob, supo hallar la belleza hasta en la cárcel.
Oscar Wilde envió su segunda carta al "Daily Chronicle",
que se publicó el 24 de marzo.
Sus últimos años de vida se caracterizaron por
la fragilidad económica, sus quebrantos de salud, los
problemas derivados de su afición a la bebida y un acercamiento
de última hora al catolicismo. Una recurrente infección
del oído contraída años antes, se transformó
en meningitis. Visitó Sicilia y Roma en la primavera
de 1900. El día 30 de noviembre de ese mismo año,
murió en París, en el Hôtel d'Alsace, en
el 13, de la Rue des Beaux Arts, a consecuencia de un ataque
de meningitis, a los 46 años de edad, librando así
al dandy decadente de la miseria a la que había quedado
reducida su existencia. Se despidió del mundo con su
mordaz genialidad, diciendo: "El papel tapiz y yo estamos
batiendo un duelo a muerte y uno de los dos tendrá que
irse". Antes de morir, y en pleno uso de sus facultades
mentales, ingresó a la fe católica, recibiendo
las aguas bautismales de la mano de un sacerdote irlandés
de la Iglesia de San José. El Hotel d'Alsace ha sido
reemplazado por L'Hotel, un establecimiento en que puede uno
alojarse en la habitación de Wilde, la número
16. Su cuerpo fue enterrado en el cementerio Père Lachaise
de París.

Tumba de Oscar Wilde en el cementerio Père Lachaise de
París.
Foto Wikipedia
Entre los numerosos artículos que publicó
en revistas de Europa y Estados Unidos destacan: "Impresiones
de Yanquilandia", "La invasión americana",
"Los modelos en Londres" y "Otras ideas radicales
sobre la reforma del traje". Sólo póstumamente
sus obras volvieron a representarse y a editarse: en 1905 apareció
por primera vez "De Profundis" incompleto, en 1906
Richard Strauss puso música a su drama "Salomé",
en 1908 apareció la primera edición completa de
las obras de Oscar Wilde publicadas por Methuen en Londres,
en 1909 se publicó la parte "De Profundis"
que había permanecido inédita, por el hijo de
Wilde, Vyvyan Holland, y con el paso de los años se tradujo
a varias lenguas la práctica totalidad de su producción
literaria.
Su primer hijo, Cyril, falleció en la Primera Guerra
Mundial en mayo de 1915, como miembro de las fuerzas británicas
que lucharon en Francia. El segundo, Vyvyan, sobrevivió
a la guerra y se convirtió en escritor y traductor, publicando
sus memorias en 1954. El hijo de Vyvyan, Merlin Holland, ha
editado y publicado muchos trabajos sobre su abuelo.

Estatua de Oscar Wilde en el Parque Archbishop
Ryan de Dublín. Curiosamente parece un dandy moderno.
Foto Ego4u
Algunos textos han sido extraídos
de "Oscar Wilde" Wikipedia y The official Web Site
of Oscar Wilde, y del ensayo "Del arte por el arte a una
cena con panteras" del historiador costaricense Dr. Rodrigo
Quesada Monge.
XAVIER RIUS XIRGU
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