89.
FERNANDO DE ROJAS
Fernando de Rojas nació
hacia 1475 -entre 1470 y 1476, según otras fuentes- en La Puebla de Montalbán
en la provincia de Toledo, fue un importante dramaturgo del que sólo nos
ha llegado una obra y que nunca fue mencionado por ninguno de sus contemporáneos.
Fueron
sus padres García González Ponce de Rojas y Catalina de Rojas, con
toda probabilidad conversos. Otras fuentes como Stephen Gilman -principal estudioso
de la vida de Fernando- opina que su padre fue Hernando de Rojas, quemado en la
hoguera por la Inquisición de Toledo. Sus antepasados fueron judíos
hasta que uno de ellos -acaso su bisabuelo- se convirtió al cristianismo,
por lo que Fernando perteneció a una familia acomodada de conversos que
reapareció en posteriores procesos inquisitoriales por mantener el judaísmo
a escondidas de la Inquisición. Fernando ayudó a miembros de su
familia, los llamados marranos o criptojudíos -Anusim en la literatura
rabínica- afectados por las persecuciones. Durante los años anteriores
al nacimiento de Fernando y los años de su niñez, en los pequeños
pueblos como La Puebla la diferencia entre cristianos, judíos y conversos
era con frecuencia mas económica y social que religiosa.
En
1486 llegó la Inquisición a La Puebla de Montalbán, aunque,
por lo que se sabe de los documentos de la época, pasado el primer momento
de terror, con la llegada del Santo Tribunal, este no ejerció su autoridad
de forma severa como en otros lugares sino que más bien permitió
que las relaciones entre judíos, conversos y cristianos viejos fueran amistosas
y en muchas ocasiones cordiales, siempre protegidas por los señores de
Montalbán. Pero no faltaron casos como el cura de la Puebla, Juan Alonso,
hombre de malas entrañas, que estaba contentísimo de poder vengarse
de sus parientes conversos y que en público señaló a otro
sacerdote de la Puebla diciendo: <<A este viejo lo haré quemar el
primero>>.
Hacia 1492 Fernando con diecisiete años se trasladó
a Salamanca como estudiante de Preparatorio, debiendo aprobar el examen de gramática
para su acceso a la Universidad. Estos estudios solían durar dos años.
Ir de La Puebla a Salamanca, fue dejar un lugar donde la discusión había
sido acallada (Pedro Serrano sufrió azotes por discutir sobre teología
con sus vecinos judíos) y llegar a otro lugar donde la discusión
era programática y acalorada, a una isla de libertad en aquella España
atormentada por la Inquisición.
Fernando de Rojas inició sus
estudios de Humanidades y Derecho en Salamanca en 1494, donde debió permanecer
posiblemente hasta 1502. Allí estudió latín, filosofía
y otras materias necesarias para obtener el título de bachiller en leyes,
tras, al menos, cinco o seis años de estudios de derechos civil y canónico
(leyes y cánones) y explicar diez lecciones públicas.
Da
la impresión que en sus años de juventud en Salamanca, fue una gran
aficionado a la lectura de los clásicos (Aristóteles, Ovidio, ...),
de la comedia elegíaca, de la biblia, de autores italianos y de poetas
españoles. Se encontraba en la ciudad de Salamanca realizando sus estudios
de derecho, cuando encontró un manuscrito que decidió continuar
durante su periodo vacacional. Escribió la obra en corto período
de tiempo, según las afirmaciones del mismo autor: <<En unos quince
días de vacaciones, robando tiempo a mi principal estudio
>>.
Lo cual no implica que terminara la obra íntegramente en esos quince días
sino que, seguramente en esos días hizo la primera redacción o el
argumento, la génesis y posteriormente fue retocando, ampliando, corrigiendo
durante bastante tiempo, la obra que había iniciado en esos días
de vacaciones en la Puebla de Montalbán. 1497 es la fecha más admitida
de la redacción de su "Comedia de Calisto y Melibea".
El
Catedrático de Literatura Española, de la Universidad Complutense
de Madrid, Víctor Infantes publicó un documentado estudio bibliográfico
sobre las primeras ediciones de la obra y es de la opinión de que este
Fernando de Rojas no fue realmente el autor de la misma. Mientras tanto un catedrático
de Teología, fraile dominico por más señas, apareció
brutalmente asesinado a las puertas de la Catedral de Salamanca. Corría
el año 1497, y el suceso conmovió a esa ciudad castellana hasta
el punto de que el obispo, Diego Deza, encargó a un brillante estudiante
de leyes que investigara el crimen. El detective se llamaba Fernando de Rojas.
Fernando de Rojas.
Foto Puntoed
Apareció
en 1499 en Burgos, anónima, y sin título, la "Comedia de Calisto
y Melibea" en dieciséis actos, publicada por don Fadrique de Basilea.
Hubo después varias segundas ediciones en Toledo, Valencia y Salamanca,
de las que se conserva la de Toledo impresa en 1500 por Pedro Hagenbachc, que
añadía versos acrósticos. Estos libros tienen en común
el título, constan de dieciséis actos, incluyen una carta del autor
a un amigo en el que le dice que se ha encontrado un texto anónimo y que
como le ha gustado mucho ha decidido reunirlo todo en un acto -el primero- y concluir
la obra. Después siguen los versos acrósticos sobre la intención
de la obra, en los que figura su nombre, aunque ningún ejemplar está
firmado. En 1500 Fernando de Rojas recibió el título de bachiller
en leyes. Se supone que continuó sus estudios de licenciado en leyes en
la Universidad de Salamanca, estudios que según todos los indicios no llegó
a terminar. Sólo a partir de 1570, se tienen los listados de aquellos alumnos
que conseguían el título de bachiller.
En 1501
se editó la "Comedia de Calisto y Melibea" en Sevilla, de forma
muy parecida a la edición toledana. En el año 1501 mientras Fernando
de Rojas estaba ocupado en la ampliación de su obra tuvieron lugar en Toledo
tres actos de fe llevados a cabo por la Inquisición toledana: el primero
de ellos el celebrado el lunes de carnaval, 22 de febrero de 1501 en la plaza
de Zocodover, en el que sacaron a quemar a treinta y ocho hombres, naturales de
Herrera de la Mancha y de la Puebla de Alcocer, todos ellos habían sido
reconciliados. El segundo acto de fe celebrado también en la plaza de Zocodover
de Toledo tuvo lugar al día siguiente 23 de febrero del mismo año,
se sacaron a quemar sesenta y siete mujeres todas ellas naturales de la villas
antes citadas y por último el martes de Pasión, el 30 de marzo del
mismo año de 1501 y en el mismo lugar, se sacaron a quemar seis hombres
y tres mujeres naturales de la ciudad de Toledo. En el año 1502 estando
todavía en Salamanca, Fernando de Rojas amplió la comedia con cinco
actos más e introdujo en ella los añadidos, conocidos como interpolaciones.
Este mismo año regresó a La Puebla de Montalbán.
Durante
los años que van desde 1494 a 1502, Fernando de Rojas permaneció
como estudiante en la Universidad de Salamanca y allí entró en contacto
con compañeros de estudio y profesores, que se sabe estuvieron en la Universidad
en esos tiempos, entre los que cabe destacar, según manifiesta Stephen
Gilman, los siguientes: Francisco Villalobos, médico; Luis de Lucena, escritor;
el abuelo de Cervantes, Juan de Cervantes; Francisco de Quirós; Pedro Manuel
de Madrigal; Rodrigo Manrique; Hernán Cortés, que comenzó
sus estudios para el grado de bachiller en 1499; Fernando Álvarez de la
Reina, médico real; y sobre todos su gran amigo, admirador, corrector y
protector Alonso de Proaza -nacido en 1445- y que tanta importancia tuvo en la
publicación de su obra. Fernando de Rojas era un hombre querido y respetado,
no solo por los demás estudiantes, sino por todos los que le conocieron.
Entre
1502 y 1507 aparecieron muchas ediciones ampliadas -cuatro ediciones sevillanas,
una toledana y otra salmanticense- con el título de "Tragicomedia
de Calisto y Melibea" y también con el de "El libro de Calisto
y Melibea y de la puta vieja Celestina", en Sevilla, Toledo, Salamanca y
Zaragoza. Ésta, de 1507, es la más antigua que se conserva de la
tragicomedia, que inserta cinco actos nuevos, entre el XIV y el XV de la comedia,
fijándose el texto en veintiún actos definitivamente. Dado el enorme
éxito de la obra y la garra del personaje de la alcahueta, empezó
a llamársela "La Celestina", título con el que triunfó,
y cuyo nombre del personaje ha pasado a designar en el léxico español,
a aquellas mujeres que median en amores bien por interés o gusto.

Ejemplar de la ""Tragicomedia de Calisto y Melibea".
Foto
Lukor

Ejemplar de "El libro de Calisto y Melibea y de la puta vieja Celestina".
Foto Lukor
"La
Celestina", que fue el nombre con que se popularizó, es la más
grande obra en prosa castellana que apareció antes de "Don Quijote",
y en cuanto al lenguaje, puede ser catalogada como uno de los antecedentes de
la obra maestra de Cervantes, quien además fue uno de sus grandes admiradores.
Fue la obra más importante sin duda, en la transición entre la Edad
Media y el Renacimiento.
Fernando de Rojas se declaró
autor sólo de los últimos actos de la tragicomedia, y afirmó
haber encontrado el primero -atribuido a Juan de Mena o Rodrigo de Cota- aunque
ello pudiera ser tan sólo un artificio literario. El argumento de "La
Celestina" procede de una comedia elegíaca, latina medieval, anónima
y escrita en latín en el siglo XII con el título de "Panphilus",
que cuenta cómo un caballero enamora a una dama gracias a los ardides de
una vieja y a su vez está tomada de las comedias de Plauto. Es deudora
también de tan diversas fuentes como Terencio, del "Libro del buen
amor" del Arcipreste de Hita, así como de la comedia humanística
coetánea. Calisto y Melibea son prototipos del amor cortés y en
la obra se tocan los tres grandes temas medievales: el amor, la fortuna y la muerte.
Pero anuncia el renacimiento porque ninguno de estos temas se trata de una manera
jerarquizada, sino individualizada: cada personaje es autónomo y se labra
su propio fin, con independencia de cuál sea su cuna y rango social. Hay
también una sensualidad más exaltada que reprimida y en ningún
momento se plantea la posibilidad de que los jóvenes enamorados tengan
intención de casarse, como hubiese sido el fin natural en el teatro coetáneo.
A Fernando de Rojas le interesó retratar una sociedad desasosegada y explorar
el mundo de las pasiones humanas, lo que le alejó de los ejemplos medievales
de premios y castigos transcendentes, según la vida llevada. Destaca, por
encima de otras virtudes, la espléndida caracterización de los personajes,
especialmente el protagonista, y la vívida descripción de ambientes.
Se ha dicho que la ausencia de fe firme -por su condición de converso-
justifica el pesimismo de la obra y la falta de esperanza patente en su dramático
final. La obra de Fernando de Rojas jamás tuvo problemas con la Inquisición,
ni con la Iglesia en el siglo XVI. Nada en la obra apunta hacia la defensa de
los principios judíos. La actitud del autor no deja al descubierto ningún
flanco de supuesto ataque a la ortodoxia ni a la Inquisición; ningún
aspecto de la obra se aclara desde la perspectiva del Fernando de Rojas converso.
La
escribió con pocos más años que su protagonista, Calisto,
que cuenta con veintitrés. Fernando de Rojas rondaría los veinticinco.
El autor reveló su nombre y lugar de nacimiento en un famoso acróstico,
al principio de la segunda edición del año 1500.
Calisto es
un joven noble que junto a sus dos criados, Pármeno y Sempronio, viven
en una humilde casa. Un día uno de los halcones de Calisto se escapa y
va a parar al huerto de una hermosa, joven y rica doncella, llamada Melibea. Calisto
la ve y se queda prendado de ella. Melibea por el contrario no se siente atraída
y le rechaza tajantemente. Calisto se va a su casa y allí delira en amor
por su amada y adorada Melibea. Uno de sus criados, Sempronio, intenta calmarle
y consolarle diciéndole que conoce a una vieja hechicera llamada Celestina
que puede ayudarle. Sempronio y Pármeno se alían con la vieja alcahueta
a cambio de dinero, aprovechándose de la locura de su amo. Celestina por
el contrario hace todo lo posible para que se lleve acabo los deseos de Calisto,
que no son otros que su amada Melibea se muera de amor por él. La vieja
le vende un hilado untado en una pócima para que se enamore de Calisto.
Al parecer da resultado y Celestina concierta una cita entre los dos enamorados.
Esa noche se encuentran en casa de Melibea y se quedan hablando detrás
de la puerta, mientras Sempronio y Pármeno van a casa de Celestina a reclamar
la parte que les pertenecía de la cadena que Calisto regaló a Celestina
en agradecimiento a su trabajo. Los criados la matan y a consecuencia de eso les
ejecutan. La siguiente noche Calisto y Melibea se entregan a la pasión
amorosa uniendo así sus almas para siempre. Elicia, la criada de Celestina
y Areusa se quieren vengar de la muerte de su ama, contratando a Centurio, un
rufián de poca monta. Esa noche Calisto va en busca de su amada, cuando
de repente en la calle oye unos ruidos, se asusta y al intentar bajar por la escalera,
cae y muere. Melibea desesperada por haberse entregado a Calisto, ahora muerto,
se tira desde la torre de su casa mientras su padre, Pleberio, lo presencia atónito
sin poder hacer nada por evitarlo.
Uno de los problemas de la obra referido
al género literario, se presenta en el titulo de tragicomedia, la forma
dialogada (como una novela) y la división que se supone debe tener una
función dramática. En su época no hubo duda de que se trataba
de una obra dramática, sacado de la conclusión de que su larga extensión
se debía a que era un drama. Lo único que presentaba duda era que
si era una comedia, ya que se suponía que tenía que tener final
feliz, además no podía llamarse tragedia, ya que sus personajes
eran de baja condición social, así que Fernando de Rojas pasó
por encima estos pensamientos y la llamo tragicomedia. No la escribió pensando
en que fuera representada, por la sencilla razón de que no habían
entonces teatros en Europa. Su plenitud como obra sólo se daría
en la lectura dramatizada, "La Celestina" fue escrita para ser leída
en voz alta. La teoría más difundida, sin embargo, es la que interpreta
a la obra como una "comedia humanística" (desarrollo lento, ambientes
contemporáneos, personajes humildes, diálogos variados, sentencias
y refranes, citas cultas...), al estilo de las que se estaban realizando en Italia.
"La Celestina" parte de una fórmula dramática que arranca
de la "comedia romana", se prolonga en las "comedias elegíacas"
medievales y concluye en la "comedia humanística".
"La
Celestina" llega en un momento de madurez y por ello los diferentes movimientos
culturales y literarios, confluyen en ella purificados. En efecto, en ella se
aúnan, en equilibrio admirable, el mundo medieval y el renacentista, por
una parte y la tendencia culta y la popular, por otra. Esto determinará
en gran medida su lenguaje y estilo. Se pueden distinguir, un lenguaje culto y
latinizante, cargado de artificios, y un habla popular lleno de refranes y de
expresiones vivaces. Sin embargo, la separación no es nítida; el
uso de los diferentes registros del lenguaje no corresponde de forma absoluta
a los estamentos sociales distintos -señores y plebeyos-, sino que se entrecruzan
ambas tendencias, dependiendo no sólo del emisor, sino también del
interlocutor y del asunto tratado. No obstante, hay que apreciar una clara tendencia
a la diferenciación.
El estilo elevado, por su parte, presenta una
cierta moderación, si bien se encuentran aún la frecuente colocación
del verbo en el final de la frase, consonancias, amplificaciones, latinismos léxicos
y sintácticos, como el uso frecuente del infinitivo y del presente de participio.
En cuanto a la crítica sobre el exceso de erudición, hay que decir
que la abundancia de sentencias y alusiones históricas y mitológicas,
se interpretan hoy como una convención estilística análoga
al hecho de que en el Siglo de Oro todos los personajes hablasen en verso. También
el lenguaje popular, tan rico en "La Celestina", está sujeto
a cierta mesura; es prudente el uso de los modismos y prescinde de dialectalismos
y de formas de ambientación localista que le hubieran proporcionado fáciles
elementos de comicidad y colorismo. En cambio, es de destacar la gran abundancia
de refranes.
Por último, en "La Celestina" la técnica
del diálogo se manifiesta con suma perfección, pudiéndose
distinguir diferentes tipos según la intención del autor: monólogos
caracterizadores y ambientadores - importantísimos, ya que al no estar
destinada la obra para la representación, sirven a su vez de acotaciones
dramáticas-, diálogos oratorios y diálogos breves de gran
riqueza.
Stephen Gilman llegó a la conclusión ya en 1945 de
que la obra de Fernando de Rojas era "agenérica", es decir, algo
distinto y anterior a que la comedia y la novela cristalizaran como géneros
literarios. Un cierto hibridismo genérico sí parece observarse.
Determinadas características narrativas, como la notificación directa
y minuciosa de la realidad, así como el tratamiento del tiempo literario,
más bien narrativo que dramático, se mezclan con la forma dialogada
de la acción.
Celestina es, sin duda, el personaje mejor logrado y a
la vez el más complejo de los personajes creados por Fernando de Rojas.
Se alza como el personaje central de la obra por su inteligencia, habilidad, avaricia,
falsedad y malas artes. Es el lado oscuro medieval y pecador, y a la vez quien
va repartiendo sexualidad y pasiones porque también las ha conocido. Será
su avaricia lo que la conduzca a la muerte, no sus artes para despertar el deseo
en jóvenes que están apeteciendo caer en sus redes. Sobre este personaje
se han cargado todos los calificativos imaginables, hasta el demoníaco
y Celestina no es un personaje demoníaco sino humano, en el sentido de
que su existencia sólo es posible porque existe una sociedad urbana que
de alguna manera la necesita. Celestina es un personaje que vive del vicio y de
las bajas pasiones de los demás y todo esto lo aprovecha en beneficio propio.
Lo que sí hace Celestina es servirse de todas las artes, desde la hechicería
a las ocasiones para lograr su propósito: el dinero, porque la gran pasión
de Celestina es la avaricia. La avaricia es la que la lleva a pervertir a los
criados de Calisto. Importante también es señalar que Celestina
ama su oficio y lo realiza con el interés de un profesional, como otros
realizan el suyo -según ella misma dice-. Otro hecho que la define, de
algún modo, es su importancia social como alcahueta, hecho éste
digno de tenerse en cuenta a la hora de ver "La Celestina" como testimonio
histórico social. En efecto, Celestina es reconocida, tal como es, de una
manera general. Pármeno, en la descripción que de ella hace, dice
que en todas partes está y todos la solicitan.
Calisto y Melibea proceden
del amor cortés, pero serán los arquetipos físicos de la
poesía renacentista sentimental, aunque Fernando de Rojas va más
allá y en su indagación humana no duda en presentar a un joven indolente
dispuesto a gastar su fortuna por satisfacer su deseo y en manifestarse ante su
diosa Melibea, como un ser vulgar y grosero ante su apetito carnal. Calisto es
impresionable, fácil al desánimo y a la exaltación más
apasionada. Los dos rasgos más sobresalientes de este amador son por un
lado su total enamoramiento, es un poseso del amor, lo cual le hace andar completamente
abstraído, en ocasiones como un sonámbulo; y por otro su egoísmo
y su inseguridad. Cae así en los esquematismos del amor cortés y
en las exageraciones propias de los amantes, fruto no de la razón sino
del corazón. Encarna el amor ciego, la pasión desatada, pasión
que le esclaviza hasta convertirle en un personaje trágico. Otro rasgo
de este personaje es su inseguridad. Es tan inseguro, que llega incluso a perder
protagonismo a favor de Celestina y de sus criados, quienes de esta manera se
agigantan como personajes imprescindibles en la obra. En cualquier caso, la pasión
de Calisto le lleva a un profundo egoísmo que no repara en dádivas
ni en ofensas. A Celestina y a los criados se los gana mediante riquezas y adulaciones,
y, cuando le llega la noticia de que han muerto, su dolor parece inicialmente
sincero, pero enseguida se apresura a justificar su muerte. A Calisto sólo
le importa la consecución de sus deseos, por eso morirá víctima
de ellos.
Melibea es un personaje lleno de matices: es la más espiritual
de la obra, lo que no significa que sea ingenua, es tentada y una vez que su lujuria
se ha despertado lucha por no caer en el deshonor que presiente que se le avecina,
más no puede resistirse. Según el retrato de Calisto, podría
hacernos pensar que estamos ante un tipo de mujer estandarizada, con resabios
de dama del amor cortés y con rasgos de la nueva estética renacentista,
y, efectivamente, nos hallamos ante un retrato estereotipado, ante un ideal femenino
de belleza que es común al final de la Edad Media y a todo el Renacimiento.
Un retrato que tiene más de ideal y de sueño que de real. Pero aunque
el retrato físico de Melibea pertenece a un ideal de belleza propio de
una época, no así su personalidad. Melibea es ya profundamente individual;
sabe actuar de modo práctico y directo, buscando enérgicamente aquello
que anhela. Melibea no es la joven cuya voluntad aparece ligada a la de los padres.
No dudará en engañarlos, en fingir, en pasar ella sola a la acción
para lograr sus apetencias. En este sentido, Melibea representa en la literatura
española la primera gran incorporación del individualismo de la
persona, defendido por el Renacimiento. El proceso de su pasión está
magníficamente expresado con verdadera intuición del alma femenina:
desde el rechazo inicial, al comienzo de la obra, hasta su entrega apasionada
a Calisto en el jardín de su casa, pasando por ese punto intermedio de
fingidas protestas y pretendidos rechazos. Melibea enamorada ya no se detendrá
ante nada. Pactará con la vieja, engañará a su madre y se
entregará a Calisto. Pero el azar, la fatalidad o el destino acabarán
con cualquier tipo de apasionamiento, como posteriormente en "Romeo y Julieta"
de Shakespeare o en "Don Álvaro" del duque de Rivas. Entra, por
tanto en la concepción moderna de la mujer. En posesión de una belleza
idealizada, propia del Renacimiento, sin embargo afirma a lo largo de la obra
su poderosa individualidad, su fuerza y su pasión.
Los criados de Calisto
y las pupilas de Celestina están trazados con maestría y originalidad.
Son personajes enteros y no simples, y fieles servidores. Pármeno, Sempronio,
Elicia y Areúsa representan el mundo bajo de los criados y de las prostitutas,
propio del ambiente de la gran ciudad. Sus intereses y conflictos van paralelos
a los de los personajes de alta clase social. En la tragedia clásica sólo
intervenían reyes, héroes e, incluso, dioses; sin embargo, en la
obra de Fernando de Rojas la gente del pueblo entran a formar parte de la trama,
lo cual es una característica de la comedia humanística. El autor
refleja la situación socioeconómica del asalariado. El resultado
ha sido que, con una audacia literaria, hizo intervenir en la obra a los criados
y a las prostitutas, como si se tratasen de personajes de alta sociedad. Cada
uno de los personajes constituye un mundo con sus problemas, preocupaciones y
miserias. En "La Celestina", en cambio, los criados deciden, ponen condiciones,
exigen, y a la vez son pieza clave sin la cual es inconcebible la marcha de la
obra. Los criados de "La Celestina" tienen su pequeño drama íntimo
y su gran pasión: la avaricia.

Portada de "La Celestina" en su versión
definitiva de tragicomedia.
Foto Wikipedia
A
raíz del estreno de "El malentendido" de Albert Camus en en 1949
en Buenos Aires, a su prohibición por las autoridades argentinas y a la
disolución de la compañía teatral, Margarita Xirgu recibió
el ofrecimiento del Presidente de la Comisión de Teatros Municipales del
Uruguay, Justino Zavala Muñiz, para dirigir e interpretar "La Celestina",
en versión de José Ricardo Morales en el Teatro Solís, con
la Comedia Nacional de Uruguay.
La representación se
produjo el 28 de octubre de 1949. El reparto fue: Celestina (Margarita Xirgu),
Melibea (Concepción-China Zorrilla), Calisto (Horacio Preve), Sempronio
(Alberto Candeau), Pármeno (Enrique Guarnero), Elicia (Maruja Santullo)
y Areúsa (Margot Cottens). Decorados y vestuario: el arquitecto César
Martínez Serra. Fragmentos musicales del maestro: J. Casal Chapí
y realización de escenografía: Enrique Lázaro.

"La
Celestina": Enrique Guarnero, Estela Castro, Alberto Candeau, China Zorrilla,
Margarita Xirgu, Maruja Santullo, Armen Siria y Horacio Preve.
Foto
Archivo Teatro Solís
China
Zorrilla hablaba de la sensualidad que Margarita Xirgu confería a su procaz
personaje, hasta el punto de provocar escándalo, curiosamente en Uruguay,
un país liberal y laico: <<Margarita resultaba alucinante con la
cicatriz en la cara y una perversidad, una picardía y una vitalidad inenarrable.
Cuando la vieja alcahueta incitaba a Pármaneo: "Retózala en
esta cama... quedaos, adiós, que voime solo porque me haceis dentera con
vuestro besar y retozar. Que aún el sabor de las encías me quedó;
no lo perdí con las muelas". Era la frase más intensamente
sensual que yo le he oído en el teatro. Con una cosa de sugerencia animal,
casi. Esas cosas que tenía Margarita que te ponían los pelos de
punta. Ella estaba mordiendo, oliendo, tocando, todo con esa y otras frases como:
"Besaos y abrazaos, que a mí no me queda otra cosa sino gozarme de
verlo". Había que verla y oírla>>.
En
1956 la Xirgu cumple sus bodas de oro en el teatro, con 68 años. El 27
de abril Margarita Xirgu interpreta "La Celestina" en el Teatro Nacional
Cervantes de Buenos Aires con la Comedia Nacional del Uruguay. La expectación
despertada es inenarrable. Desde muchos días antes las localidades están
agotadas. La intelectualidad porteña y la nuestra, la España peregrina,
están allí. Llegada la hora, la gente que no ha conseguido entradas
se agolpa ante las puertas del teatro. La representación es televisada,
y lo serán también las sesiones siguientes, pero las gentes quieren
ver a la Xirgu en carne y hueso. Y Margarita, en una decisión desinteresada,
ordena que abran las puertas del hall y las de la calle, a fin de que el público
estacionado en la acera pueda entrar y seguir, en lo posible, la representación.
Los cronistas detallan así la salida a escena de la Xirgu: <<Se alza
el telón. A poco, aparece en escena Margarita y la sala se viene abajo.
El público, en pie, deja hablar a las manos, un mar de aplausos que en
oleadas sucesivas dura varios minutos, a pesar de los repetidos intentos de la
actriz para contenerlos. Hay gente llorando. Toda la sala parece un solo, inmenso
corazón. Cuando cesa la ovación, las palabras de Margarita iniciando
su papel salen temblorosas, como mojadas en las lágrimas del agradecimiento>>.
Cabe pensar que Margarita se encontraba en estado de "gracia" para poder
sostener con tal brío y tan amplio registro de matices del personaje de
Rojas, ya que su salud vuelve a estar muy quebrantada por esas fechas. Cuando
el crítico de la revista bonaerense "¡Qué!" entra
en su camerino se encuentra a una mujer exhausta, según palabras del periodista.
La actriz le dice: <<¿Sabe usted?, yo no tengo fuerzas; soy algo
muy débil en la vida real. Apenas me alcanzan todas mis energías
para la vida de mi personaje. Sería maravilloso poder huir como el frailecico
Jerónimo. Pero la función debe continuar. Por eso el actor debe
estudiar duramente hasta convertir su cuerpo en una máquina perfecta y
sensible. Pero ¡ay de aquel a quien la gracia le falte! Nunca hará
teatro de verdad>>. Acerca de esta "gracia" contaba Cipriano Rivas
Cherif que Margarita, al conocer un día la leyenda española de fray
Jerónimo, un frailecico humilde que pronunciaba sermones que eran verdaderos
prodigios y se interrumpía a veces retirándose espantado del púlpito,
exclamando: <<¡Me falta la gracia!>>, la actriz dijo emocionada:
<<Es así como yo me siento. ¡En estado de gracia! Cuando me
falta, yo también quisiera echarme la capucha por el rostro y huir>>.

Margarita
Xirgu en "La Celestina"
Foto
Biografía A. Rodrigo.

Margarita
Xirgu protagonitzando "La Celestina".
Foto
Institut del Teatre.
El Nobel Miguel Ángel
Asturias escribió: <<Y echó a andar en "La Celestina".
Margarita Xirgu se creció en su rol y nos dio una creación en la
que se mezclan la hipocresía llevada a la maestría y toda la flor
del arrepentimiento. No sólo en la palabra, sino en la gráfica elocuencia
de sus gestos, ademanes y posturas, en sus silencios, en sus miradas, en las murmurantes
telas de sus vestidos, en su "mal amor", la ternura tiene un sentido
profundamente trágico. Es el caso del "mal hijo", en casa de
hijos buenos. Y esa ternura subterránea, dolorida, de alas quebradas, fluye
por toda la pieza, y se adentra en el alma y deja el sabor de moral y arrepentimiento
que el amor se propuso>>.

"La
Celestina" en el Teatro Nacional Cervantes de Buenos Aires con la Comedia
Nacional del Uruguay en 1956.
Foto Teatro Solís
Montevideo
Con la celebración
del primer centenario del Teatro Solís en agosto de 1956, la Comedia Nacional
repuso de nuevo "La Celestina" con Margarita Xirgu.
Durante
los años de 1505 y 1506 se cernieron sobre la Puebla de Montalbán,
el hambre y la peste con el rumor popular de culpar de estos sucesos a los judío
conversos. No es difícil imaginar, la alarma que esto causó en los
conversos de La Puebla, al verse enfrentados con catástrofes naturales
y humanas de tales proporciones. Una razón más para que Fernando
de Rojas que acababa de llegar a la Puebla, recién terminados sus estudios
en Salamanca, buscara aires nuevos donde ejercer su profesión y no ser
tan conocidos sus antecedentes de judío converso, como lo eran en la Puebla.
Las relaciones entre los conversos y los cristianos viejos, ya no eran tan fluidas
y tan normales como antes.
En 1507 Fernando de Rojas se casó
con Leonor Álvarez, hija de Álvaro de Montalbán, converso
de la Puebla que había tenido y aún había de tener graves
problemas con la Inquisición. Leonor llevó como dote de su boda,
la cantidad de 80.000 maravedíes. Seguramente la boda fue celebrada en
la Puebla de Montalbán, según la declaración de uno de los
testigos de la Puebla en la probanza de hidalguía y limpieza de sangre
celebrada en 1571, Alfonsina de Ávila vecina de la Puebla, que manifiesta
haber estado presente en los desposorios de Doña Catalina Álvarez,
nieta de Don Álvaro de Montalbán y el licenciado Francisco de Rojas,
hijo mayor del bachiller, que estudió leyes como su padre y fue también
alcalde de Talavera, en calidad de pariente y que estos desposorios tuvieron lugar
en La Puebla en donde con toda probabilidad tuvieron lugar también -como
era costumbre en la familia- los de sus padres Fernando de Rojas y Leonor Álvarez.
En el mismo año de 1507, por un altercado fiscal con
un vecino, Fernando de Rojas se trasladó a Talavera de la Reina, donde
ejerció su profesión hasta el final de sus días. Hecho confirmado
por los testigos en las probanza de hidalguía, y las explicaciones que
uno de ellos dio de su abandono de la Puebla para trasladarse a Talavera: <<Este
testigo oyó decir que el concejo de la dicha villa de la Puebla de Montalbán
y los coxedores del "pecho" (impuesto que pagaban los que no eran nobles
o hijosdalgo), pedían al dicho bachiller Fernando de Rojas que pechase
por razón de los bienes que tenía en la dicha villa. El dicho bachiller
Fernando de Rojas jamás quiso pagar el dicho pecho real ni dar prebenda
ninguna por ser tal hombre hijodalgo, antes sabe este testigo y vivo que por los
malos tratamientos que el señor de la dicha villa, que llamaban Don Alonso,
(se refiere a Alonso Téllez Girón primer señor de Montalbán
) les hacía a los hijosdalgo, se desavecindaron algunos de ellos y se fueron
de la dicha villa, que un fulano Hortiz se fue para Toledo y un fulano Sahavedra
se fue para la villa de Torrijos y el dicho bachiller Fernando de Rojas se fue
a vivir a la villa de Talavera>>.
De Leonor Álvarez
tuvo siete hijos que alcanzaron la madurez, el primogénito de los cuales,
Francisco de Rojas, continuó la carrera de su padre y recibió toda
su biblioteca. Según acuerdo del 14 de junio de 1508 del Ayuntamiento de
Talavera de la Reina, el bachiller Fernando de Rojas vecino de La Puebla de Montalbán,
fue presentado por el alcalde de Talavera a sus vecinos. En los años sucesivos
intervino con frecuencia en los avatares políticos y administrativos de
Talavera, alternando sus cargos con la profesión de letrado y abogado de
las principales familias talaveranas. A lo largo de treinta años, hasta
1538, los Libros de Acuerdos del Ayuntamiento de Talavera muestran como en diversos
años, al menos, en 1508, 1511, 1512, 1523 y 1538, Fernando de Rojas actuó
como Alcalde Mayor de la ciudad, cuya función era dictar sentencia en los
pleitos civiles.
En el año 1512 en los documentos del
archivo del Valle Lersundi, todavía se alude a Fernando de Rojas como vecino
de La Puebla, que a la vez compartía con el de Talavera, cuando compró
un "censo perpetuo" (hipoteca) sobre una casa de una tía de su
mujer, llamada Elvira Gómez que era hermana de Álvaro de Montalbán.
Seguramente este hecho tuvo lugar durante ese espacio de tiempo intermedio, en
el que Fernando de Rojas alternaba su vida entre La Puebla y Talavera. En las
probanzas de hidalguía de la familia de Rojas, se alude en varias ocasiones
a las repetidas visitas para la inspección de sus propiedades, como la
huerta de Mollejas o el majuelo de las Cumbres. Asimismo se menciona el contacto
con los miembros de su familia, especialmente con su hermano Juan, que era regidor
en la Puebla de Montalbán.
En el proceso de 1517 contra
Diego de Oropesa, Fernando de Rojas es citado como testigo, hecho tomado del libro
de la Inquisición de Toledo. En el proceso por judaizante seguido contra
su suegro Álvaro de Montalbán en 1525, el párroco de San
Ginés de Madrid, su principal denunciador ante el tribunal de la Inquisición,
al ser preguntado por la reputación que tenía el dicho Álvaro
de Montalbán y quienes fueron sus padres dijo: <<Que había
oído decir que los padres son de la Puebla de Montalbán y que en
toda la dicha Puebla apenas hay persona que no sea reconciliado>>. Con lo
que se puede deducir de dicho testimonio, que una parte substancial de la población
de la Puebla en ese tiempo eran judíos de origen o conversos. Su suegro,
Álvaro de Montalbán, manifestó: <<Que nombraba por
su letrado al bachiller Fernando de Rojas, su yerno, vecino de Talavera, que es
converso>>. El inquisidor que presidía contestó que tal representante
sería inadecuado y que se había de encontrar alguien "sin sospecha".
Fracasó pues al intentar representar a su suegro en el proceso inquisitorial,
debido a su condición de converso. Esta mención de su suegro mientras
estaba encarcelado en la cárcel de la Santa Inquisición de Toledo,
le supuso a Fernando de Rojas la pérdida, por confiscación, de la
dote de 8o.ooo maravedíes que su esposa aportó como dote al matrimonio,
aunque parece ser que después los recuperó. Extrañamente,
en todos los otros procesos y peticiones de hidalguía, siempre apareció
la familia de Fernando de Rojas como hidalgos viejos y conocidos.
En
un libro de derecho proveniente, sin ninguna duda de la biblioteca del escritor,
-descubierto por Víctor Infantes- y titulado 'Las Cortes de Toledo"
del año 1525 e impreso en Burgos en 1526, en algunas de sus 22 hojas sin
encuadernar, se encuentran diferentes anotaciones manuscritas en los márgenes,
que este experto atribuyó, "con fiabilidad altísima",
a Fernando de Rojas. Dado que no se conserva ninguna muestra de escritura ni siquiera
una firma del controvertido autor de "La Celestina", la aparición
de este ejemplar de su biblioteca, que milagrosamente ha logrado sobrevivir hasta
nuestros días, da testimonio de la letra de su propietario, recuperando
así la desconocida caligrafía de uno de los autores más relevantes
de nuestra literatura. Este libro de derecho hallado de su biblioteca era <<un
texto muy cercano a él, un libro que cuando salió tenían
todos los abogados y que significaba en aquella época algo parecido a lo
que hoy es el BOE>>, manifestó. El descubrimiento fue posible gracias
a la extensa investigación en torno a Fernando de Rojas que Víctor
Infantes abordó a través del estudio del inventario de sus libros,
al que ya dedicó una extensa investigación en 1998.
Fernando
de Rojas vivió primeramente en una casa que poseía donde empezaba
la actual calle de Gaspar Duque y en ella vivió, al menos, hasta 1528.
Más tarde se trasladó a vivir a una casa lindante con La Colegial,
en la calle llamada de los Siete Linajes, hoy José Luis Gallo. En sus casas
vivió Rojas con Leonor, su esposa, y sus hijos: Juana, que nació
en Talavera y murió en 1557; Juan, que pasó a las Indias y murió
después en 1535; y Francisco de Rojas, que nació en Talavera y fue
Alcalde Mayor de la ciudad en 1542. En la casa ayudaron dos criados: Francisca
del Álamo y Juan de Torres. Fernando de Rojas poseía viñas
y otras tierras y es de suponer que necesitaba varios criados para atender su
hacienda.
En esta casa, de la calle llamada de los Siete Linajes,
de Talavera de la Reina murió Fernando de Rojas entre el 3 y el 8 de abril
de 1541. Jamás hubo en su hogar lujo ni ostentación, apenas, dos
alfombras, siete "almohadas de asentar", un "escaño viejo",
"vasares", bancos, camas, sillas
un establo con varias mulas,
34 tinajas de vino de varios tamaños (en la mayor cabían 60 arrobas,
uno 950 litros) y un despacho con biblioteca.
El día
3 de Abril, Fernando de Rojas dictó su testamento y debió morir
casi inmediatamente, ya que su mujer comenzó el inventario de sus bienes
el día 8 del mismo mes. Su testamento refleja el estado de un hombre respetado
y dotado de un considerable patrimonio. En su testamento dejó los libros
de derecho a su hijo, que también fue abogado, y los de literatura profana
a su esposa, unos cuarenta de cada grupo. En el inventario de su biblioteca, y
eso es lo extraño, no figura ninguna edición o manuscrito de "La
Celestina", a pesar de que cuando murió habían al menos 32
ediciones de la obra. Contaba con una abundante biblioteca de libros jurídicos
y profanos, entre ellos, muchos históricos, enciclopédicos e incluso
la obra latina del poeta italiano Petrarca; de estas lecturas proceden las abundantes
referencias a libros clásicos que, a partir del acto segundo de "La
Celestina", aparecen en la obra.
El archivo Lersundi ha
salvado el recibo de pago del funeral que se le dijo en la Iglesia de San Francisco,
así como el de los gastos del enterramiento. La fecha del recibo es del
lunes 19 de Junio de 1541. Fue enterrado en la iglesia del Monasterio de la Madre
de Dios en Talavera, de cuya Congregación era miembro. Sus restos fueron
localizados en marzo de 1936 en la pequeña iglesia de dicho monasterio.
Luis Careaga encontró tres enterramientos e identificó como el cadáver
del bachiller Rojas el que ocupaba el centro del presbiterio. El esqueleto aparecía
un poco inclinado hacia a la izquierda y en esta mano reposaba la cabeza. Los
restos, recogidos en una caja de cobre, se depositaron en el Ayuntamiento y fueron
exhumados en marzo de 1968. En 1980 se colocaron en un nicho en el claustro de
la Colegial, en medio de una ceremonia popular y emotiva.
Algunos
textos han sido extraídos de "Fernando de Rojas" Wikipedia, Punto.ed
y Lukor y de las Biografías: "Margarita Xirgu y su teatro" y
"Margarita Xirgu. Una biografía" de Antonina Rodrigo
XAVIER
RIUS XIRGU
álbum
de fotos
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